lunes, 7 de diciembre de 2009

Isaac Levitan

Hace unos años, en Montevideo, compré un libro, de segunda mano, de un pintor ruso. Era un ejemplar grande, de tapa dura y hojas satinadas, editado en Moscú en 1965. Aunque mi apellido es de origen ruso, no conozco ni una palabra de esta lengua, y me resultó imposible descifrar lo que tenía escrito. Sin embargo, la belleza de sus láminas me cautivó de inmediato. Y sobre todo, una de sus pinturas, que mostraba un camino de tierra flanqueado de árboles. Había algo en esa imagen que me inquietaba de un modo especial. Como si presintiera que en algún lugar, o en algún tiempo, mis pies habían hollado un sitio así. Años después, cuando empecé a navegar por internet, decidí averiguar algo más sobre este pintor. El problema era que, por tratarse de un alfabeto distinto, ni siquiera sabía escribir su nombre. Pero, puesto que pintaba paisajes, entré en Google y busqué "paisajistas rusos". Al cabo de un tiempo, encontré una pintura igual a la de mi libro, y supe así que el artista se llamaba Isaac Levitan. Nunca hallé una biografía lo suficientemente completa, y ningún comentario significativo respecto a sus pinturas, salvo el hecho de que los norteamericanos denominaban a ese tipo de arte "landscape of mood".
En el 2008, Sergio Gaut vel Hartman me invitó a participar en una antología de relatos, cuyo tema debía ser el encuentro de culturas, tomando este concepto con mucha amplitud. Recordé entonces la pintura de Levitan, hice mi propia interpretación de la misma, y escribí el cuento "Los árboles de Isaac Levitan", que se publicó en diciembre de ese año, en el libro que finalmente se llamó "Otras Miradas", de Ediciones Desde la Gente, con un tiraje de 8.000 ejemplares.
Los invito ahora a leer ese relato, más una mini biografía que escribí para esta ocasión, y por supuesto, a disfrutar de algunas de las maravillosas pinturas de Isaac Levitan.


LOS ÁRBOLES DE ISAAC LEVITAN

Una tarde, mientras pintaba en mi atelier de las afueras de Montevideo, recibí una llamada de un hospital cercano: habían internado a mi amigo Mario. Como ya rondaba los ochenta años y tenía una enfermedad incurable, temí lo peor. Colgué, me abrigué con un sobretodo, saqué la vieja camioneta del garaje y puse rumbo al nosocomio.
Aquel viejo bohemio, veinte años mayor que yo, me había enseñado no sólo a pintar, sino también a amar y comprender el arte. Probablemente ese haya sido el puente para que entre nosotros creciera la amistad. Mientras manejaba, la risa franca de Mario arribaba a mi memoria. Me gustaba recordarlo en sus momentos más felices, con sus ojos claros y brillantes.
Una cuadrilla de trabajadores estaba ensanchando un tramo de la ruta, y tuve que hacer algunos pequeños desvíos, pero no me demoré más de diez minutos.
El hospital era chico y encontré pronto la habitación.
Mario estaba flaco, desmejorado; la quimioterapia había hecho que sus porfiados cabellos se redujeran a una pelusa suave. Se alegró mucho de verme y sonrió como de costumbre. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos por mostrarse afable y natural, se me hizo evidente que no estaba en paz consigo mismo.
Al poco tiempo de estar ahí, me di cuenta que rehuía los comentarios que se referían a su enfermedad, y procuraba encauzar la conversación hacia cualquier otro tema. Se quejó de que la habitación que le habían dado no tenía ventanas, y que se perdía la oportunidad de ver los bosques que rodeaban el hospital.
Estiró una mano leve en el aire, como si tocara un recuerdo, y con aquella voz embellecida por los años, señaló:
-...En primavera la floresta se tiñe de increíbles tonos de verde. Aquí y allá. Es precioso. La gente debería reparar más en esto.
-Víctor Hugo decía que la naturaleza habla, pero nadie escucha.
-Ah... eso está bien; sí.
Después se quedó un momento en silencio.
Le aseguré que pronto volvería a verla, y sonrió tristemente.
-Pero mientras eso ocurre -sugirió- me gustaría que me prestaras aquel libro de Isaac Levitan. Ayer me estaba acordando de él. ¿Me lo traerás?
-Claro, mañana sin falta lo tendrás aquí.

Esa misma noche saqué el libro de mi biblioteca y me lo llevé a la cama para ojearlo.
Isaac Levitan era un paisajista, de origen judío, nacido en 1860 en Kybartai, Rusia (actual Lituania). Lo extraordinario de su arte, es que lograba trascender la objetividad de un paisaje y mostrarnos su propia alma. Podía hablarnos de sí mismo, de su melancolía, de su percepción de la maravilla y el misterio de la naturaleza, y de los anhelos de cosas que no eran de este mundo. En algunos de sus cuadros, el realismo cedía espacio a visiones impresionistas, de influencia francesa. Pero allí donde los franceses buscaban simplemente el efecto de la luz, él conseguía adentrarse en las profundidades del ser humano. No siempre los colores eran una expresión de realismo, a veces la verdad del cuadro quedaba subordinada a una verdad interior. Entonces todo se resolvía en tonos de verde, gris o cualquier otro color, para reforzar un concepto de unidad, que tenía que ver con una visión armónica de la naturaleza. No era difícil comprender por qué le gustaba tanto a Mario. Aunque él sabía mucho de escuelas y vanguardias, en los últimos años de su vida había hallado un refugio para su espíritu en la obra de algunos paisajistas.
Al día siguiente, luego de almorzar, fui a visitar a mi amigo.
Cuando le entregué el libro se puso muy contento. Me senté en una silla, junto a su cama, y disfruté viendo su rostro, mientras él contemplaba las reproducciones.
-Tiene ojos soñadores- dijo señalando el retrato de Isaac Levitan que encabezaba las láminas.
-Es verdad- reconocí.
-Pablo... -dijo luego de mostrarme unos árboles reflejados en la superficie de una laguna- mirá que extraordinario...Este es el Levitan que más me gusta, el de las visiones intimistas.
-Uno desearía estar ahí.
-Claro... ¿quién no? Cuando repasás su obra te das cuenta de la cantidad de ríos y caminos que ha pintado. Y lo más hermoso, es que esos ríos y esos caminos también son para nosotros-. Y dicho esto, pasó las páginas para mostrarme que lo que decía era verdad-. Los caminos llegan hasta la base del cuadro, como una invitación a entrar en ellos. También hay botes que nos aguardan junto a las orillas. Levitan descubre un paraíso, y quiere compartirlo con nosotros.
Me pareció genial el hecho de que un uruguayo contemporáneo, como era Mario, pudiera sentirse tan compenetrado con la obra de un pintor que había vivido en la Rusia del siglo XIX. Después de todo, aquella empatía, con alguien de otra cultura, estaba demostrando que existe algo imperecedero que trasciende cualquier frontera.
Luego Mario se detuvo en un óleo fechado en 1897.
-Este es mi favorito. Siempre me atrajo poderosamente.
La pintura en cuestión era "Claro de Luna. Una Villa". La luna no se aprecia, pero está su luz acogedora, bañando toda la escena. Es de una belleza extraordinaria, pero sin alardes, sin estridencias, precisamente nos conmueve por su intimidad. Lejos de buscar impactarnos, nos invita a entrar en ella. No es el destello de una revelación, de una visión mística, sino la luz de una paz interior. De la villa se ve muy poco, apenas unas casitas a lo lejos. El centro temático del cuadro es un camino de tierra, en el que se advierten las huellas de un carro, flanqueado por árboles. Como había señalado Mario, el camino llega hasta el pie del cuadro. Eso bastaría para indicar que se está invitando al espectador a entrar en el paisaje, pero hay otros elementos que refuerzan este concepto. El camino tiene forma de triángulo. La mirada del espectador entra por la base del triángulo y se proyecta hacia el vértice. El camino nos absorbe, pero no acaba aquí el encanto de la obra. Levitan ha utilizado otro truco para que esa atracción sea irresistible. Normalmente, cuando un artista ilustra unos árboles va a tratar de que los que estén más cerca nuestro se vean más grandes y con las copas más tupidas, para crear una sensación de perspectiva. Sin embargo, él realiza otra cosa. A la izquierda del camino, aunque mantiene un tamaño creíble en los árboles -de mayor a menor- pinta a los últimos con más follaje que a los primeros. Hace esto para lograr que entre las manchas oscuras de las copas de los árboles quede perfectamente delineado un triángulo de cielo, que al igual que el camino, nos arrastra hacia el interior del cuadro. Al final, los dos vértices de los triángulos se funden en un punto. Uno podría llegar así a pensar que el camino de tierra es la expresión humana de ese otro camino que se abre en el cielo.
-Este cuadro lo pintó en 1897- me explicó Mario-. El mismo año en que los médicos le diagnosticaron una afección cardíaca que tres años después lo llevaría a la muerte. Se fue de este mundo cuando apenas tenía cuarenta años.
-No deja de tener coherencia que alguien con su sensibilidad muriese del corazón.
-Las razones de la poesía - concluyó mi amigo con una sonrisa.

En las semanas siguientes seguí visitando a Mario. Gracias a los cuidados del personal del hospital logró recuperar algo de peso y de energía, pero su enfermedad no tenía vuelta atrás. Los tratamientos a base de radiaciones y quimioterapia demostraron ser infructuosos.
Procuré que le dieran una habitación con vista a los bosques, pero fue imposible, porque no había camas disponibles en ese sector.
Un día se hizo una junta médica y luego el médico jefe me explicó la situación.
Al día siguiente, bien entrada la tarde, yo me llevaba al anciano del hospital.
Mario sabía que aquello no era un alta. Simplemente lo mandaban a su casa porque la medicina ya no podía hacer más nada por él.
Lo ayudé a vestirse. Estaba un poco débil, pero tenía una fuerza interior que lo hacía querer salir de ahí. Mientras le ponía la campera, decía que era una suerte ya no tener que permanecer entre esas cuatro paredes. Y cuando se mojó la cara y se miró en el espejo, añadió que quería sentir el olor de los árboles.
Guardamos sus pertenencias en una maleta, y después de despedirse de las enfermeras y los médicos, salimos del hospital.
Respiró hondo.
Caminamos unos pasos y subimos a la camioneta.
Se sentó a mi lado, bajó el vidrio de la ventanilla, y durante todo el viaje estuvo mirando para afuera.
Dejamos atrás los bosques y salimos a la ruta. El cielo estaba azul oscuro a esa hora, y las sombras del invierno comenzaban a cubrir los campos como una caricia piadosa. Encendí los focos del auto. Los vehículos que se desplazaban por la carretera, nuevos y pretenciosos, eran episodios fugaces en la inmensidad de la naturaleza.
Al llegar a la zona de obras, tuve que hacer un desvío hacia mi derecha. En esa área, había una chacra importante que ocupaba varias manzanas y debí internarme por un camino vecinal varios cientos de metros para poder bordearla. Luego giré dos veces más hacia la derecha, siempre rodeado de campos y bosques.
El aroma de los árboles entraba por la ventanilla. La brisa desplazó unas nubes y la luna apareció en el cielo como un tazón de leche tibia.
Cuando me disponía a tomar una calle de tierra que nos conduciría nuevamente a la ruta, Mario me colocó una mano en el hombro y me sorprendió con estas palabras:
-Esperá, detené el auto.
Había tanta urgencia en su voz que clavé los frenos.
Iba a preguntarle qué ocurría, pero entonces giré el rostro hacia donde él estaba mirando y sentí un escalofrío.
Nos quedamos callados un tiempo difícil de estimar. Luego yo bajé, abrí la puerta de su lado y lo ayudé a bajar.
Permanecimos junto a la camioneta, sin atrevernos a dar un paso más.
A la derecha del camino se abría otro camino, flanqueado de árboles, que no era ni más ni menos que el mismo que había pintado Isaac Levitan en la Rusia de 1897.
Aquello era imposible, y sin embargo no había lugar a dudas.
La exacta disposición de los árboles, con cada rama y cada hoja. El camino de tierra, con las huellas de un carro. Las casitas a lo lejos, y el triángulo de cielo, iluminado por la luna. Todo estaba allí, como lo había pintado Levitan.
Mi amigo no decía una palabra, pero sus ojos eran tan expresivos que no necesitaba hablar. Se veía claramente que estaba maravillado. De pronto frunció el ceño, como si alcanzara una íntima comprensión, y me dijo:
-Voy a caminar entre esos árboles.
Le ofrecí mi brazo para que se apoyara, pero él lo rechazó cortésmente.
-Estoy bien... -señaló- puedo hacerlo solo.
En su rostro se apreciaba una serena paz, recobrada después de un largo tiempo. Había en él alegría y aceptación, y acaso, en ese momento, ambas fueran la misma cosa.
Me dirigió una última mirada, sonrió y empezó a andar...

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BIOGRAFÍA DE ISAAC LEVITAN

Isaac Ilich Levitan nació el 30 de agosto de 1860 en un shtetl de Kybartai, región de Kaunas, Lituania, en el seno de una pobre pero educada familia judía. A comienzos de 1870 se trasladó con ella a Moscú. En 1873 ingresó en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura, donde anteriormente había estudiado su hermano mayor Avel. Al cabo de un año, se decantó hacia la pintura naturalista. En 1875 falleció la madre del artista y el padre cayó gravemente enfermo, lo que le imposibilitó cuidar adecuadamente a sus cuatro hijos, sobre los que se abatió la miseria. Finalmente, el jefe de familia murió dos años después.
Con tan solo 17 años, Isaac tuvo grandes dificultades para poder continuar sus estudios, debiendo incluso dormir en las casas de sus amigos, o en los salones vacíos de la escuela. Sus profesores, reconociendo sus aptitudes, le otorgaron una beca y un premio consistente en una gran caja de pinturas y pinceles. Algunos de sus maestros fueron reconocidos pintores, como A. Savrasov, V.G. Perov y V.D. Polenov.
En 1879, a instancias de las autoridades zaristas, que habrían de alentar los futuros pogroms, comenzaron las deportaciones masivas de judíos en Moscú. Sin embargo, por la presión de gente influyente que amaba su arte, Levitan pudo permanecer en dicha ciudad.
Un apoyo muy significativo a su obra lo tuvo en 1880, cuando el célebre coleccionista y filántropo Pavel Mijailovich Tretyakov compró su cuadro «Día de otoño, Sokolniki». Eso le ayudó a subsistir y pudo dedicarse de lleno a su tema favorito, la pintura de paisajes, sobre todo de los bosques y las praderas que había en las cercanías de Moscú. A partir de 1884 comenzó a relacionarse con el grupo de pintores itinerantes llamado "Peredvizhniki", lo que le permitió dar difusión a su trabajo.
En 1897, cuando ya era muy famoso, fue elegido miembro de la Academia Imperial de las Artes, y en 1898 estuvo al frente de la misma como Decano.
Víctima de una afección cardíaca, falleció el 4 de agosto de 1900, cuando solo tenía cuarenta años de edad. Lo sepultaron en el Cementerio Judío de Dorogomilov, y en 1941 sus restos fueron trasladados al Cementerio de Novodevichy, muy cerca de la tumba de Chejov, de quién era íntimo amigo.
Levitan dejó un legado, entre óleos, acuarelas, grabados y dibujos, de más de mil obras. Se transformó así en uno de los máximos exponentes de una corriente que en inglés se llama "landscape of mood", y que se refiere a la transmisión de estados de ánimo a través de la pintura de paisajes. En efecto, allí donde cualquier otro pintor ilustra, por ejemplo, un paisaje nocturno, él logra pintar el misterio de la noche. Y ahí donde otro simplemente nos muestra una vivienda en la bastedad de la naturaleza, él nos hace pensar en la soledad y la melancolía que viven en el alma humana.
Curiosamente, si uno observa una retrospectiva del artista, advierte que a medida que este acerca a la muerte, sus pinturas se tornan cada vez más luminosas.
"Las enfermedades del corazón"-señaló una vez-"se curan con el corazón".
Pablo Dobrinin

13 comentarios:

  1. >episodios fugaces en la inmensidad de la naturaleza.

    A veces pienso que eso somos los humanos.

    No voy a extender acá diciendo las cosas que ya sabés que pienso respecto a tu prosa, pero no quería dejar de decirte que este cuento me gustó mucho; creo que le hace perfecta justicia a esas imágenes maravillosas.

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  2. buen blog ,y buenas pinturas las de este tio,¡¡--ADELANTE CON LOS RELATOS,LAS CRONICAS DE CINE FICTICIO ESTAN D+--MRDISCO-http://go80smaxis.blogspot.com/

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  3. http://megauploadpeliculas.blogspot.com/

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  4. alli esta el enlace para- ver.--peliculas online-incluida avatar-mrdisco---http://12inchraremaxis.blogspot.com/

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  5. http://www.youtube.com/user/instrumentalsandmore

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  6. alii hay instrumentales de todo tipo,y capellas,de heavy metal y otros estilos---mrdisco---http://www.youtube.com/user/themrnoche

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  7. http://www.slashfilm.com/2009/10/26/is-james-camerons-avatar-actually-an-uncredited-rewrite-of-a-1957-poul-anderson-story/

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  8. llamadme joe -es el cuento al q se refieren--para mi-avatar- tiene similitudes grandes con otro cuento-de anderson,tambien-si mal no recuerdo llamado memoria incluido en la antologia de martinez roca-lo mejor de poul anderson-http://dreamers.com/libroscf/supfic072.html

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  9. Creo que leí ese cuento de Anderson... Y gracias mil por tu apoyo y además por todos esos datos!! Voy a ver que saco de todo eso. Un abrazo.

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  10. Este que cuento, me gusto,y ese bosque ,al cual,te refieres,me recuerda , a un pequeño bosque, que una vez conocí, dònde alle en èl la paz y tranquilidad.-El cual perdura en mi mente.-

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  11. ¡Simplemente maravilloso!. Como los cuadros que describís de Levitan, esos que te invitan a formar parte, a entrar, así me pareció este relato: cálido, intimista y muy emotivo.

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  12. Gracias, María por visitar los bosques, y por tus comentarios!!

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