martes, 23 de noviembre de 2010

Los Hijos del Viento













Cansado de oír fantásticas historias, que iban modificándose según quién las relatara, decidí trasladarme a Limeria, para ver con mis propios ojos lo que sucedía en esas tierras.
Navegué durante más de un mes desde el viejo continente, y pese a algunas demoras, impuestas por las tormentas, llegué a tiempo para presenciar el extraordinario acontecimiento.
Me alojé en la casa de Germán, el líder de los limerianos, y una semana después de mi arribo pude asistir al esperado evento, que tuvo lugar en un valle, donde el arroyo de los leones alados hace un recodo antes de abrirse paso al océano.
Esa mañana el cielo anunciaba tormenta. Decenas de hombres, mujeres y niños bajaban de las verdes colinas. La gente del lugar vestía ropas de campesinos, cazadores o artesanos, excepción hecha de las madres de los niños desaparecidos, que lucían vestidos blancos. Costaba imaginarse que ese pueblo, antes tan dado a las fiestas y los bailes, era el mismo que ahora ofrecía esos rostros de gravedad.
Algunos hombres exhibían cicatrices que hablaban de salvadas milagrosas. Otros se veían terriblemente fatigados, como si hubiesen arrastrado una pesada carga durante toda la vida. Los más jóvenes tenían una penosa expresión de adultos. Pero en cada rostro se advertía la obstinación de los que ya no tienen nada que perder. "Esto es lo que queda de los rebeldes de Limeria", pensé al verlos.
También había extranjeros, ataviados a la usanza de sus distintas patrias.
Caminé lentamente hacia donde se dirigía la multitud. La pradera, en zonas bastante grandes, se hallaba cubierta de flores silvestres de color amarillo. A intervalos irregulares se erguían unos árboles umbrosos, que desafiaban las alturas. No vi ni tampoco escuché a ningún pájaro.
Me detuve junto al arroyo, sobre el que flotaban unos nenúfares en flor. En la ribera se alineaban no menos de una decena de esculturas de piedra color naranja. Representaban a fuertes leones de alas membranosas. Marchaban con paso desafiante y la faz en alto, dispuestos a conquistar el cielo. Era admirable la belleza de las líneas, el detalle de los músculos, y la tensión expresada en los movimientos. Ninguno de aquellos limerianos había visto jamás un ejemplar de semejantes características, pero habían sobrevivido en la mitología local como un símbolo de voluntad inclaudicable.
-Hay que ser fuertes como ellos -dijo Germán al notar que yo fijaba mi vista en las esculturas.
-Fue aquí, ¿verdad? -pregunté.
-Así es -señaló el robusto líder de los limerianos. Su frente estaba surcada por arrugas que no eran producto de la vejez, y en sus ojos brillaba una luz acuosa-. Los niños estaban jugando, y de pronto, algo o alguien se los llevó sin dejarnos pista alguna. Todavía no puedo creerlo, y ya han pasado siete años. Desde entonces no hemos dejado de buscarlos. Y todos los años, en la fecha de la desaparición, nos reunimos aquí.
En el suelo vi una jaulita hecha con barrotes de mimbre. Adentro había un pájaro de plumas blancas. Germán alzó la jaula con su enorme mano y dijo:
-Él nos avisará.
Luego calló y miró al frente.
El cielo parecía una enorme bolsa de agua turbia a punto de romperse. Una sensación de ahogo me oprimía el pecho, y yo sentía que lo mismo les estaba ocurriendo a los demás. La expectativa era enorme. No sé cuánto tiempo estuvimos esperando. Cuando ya pensé que nada ocurriría, volví a escuchar la voz de Germán.
-Está por suceder -dijo señalándo el pájaro blanco que se removía inquieto en la jaula.
Sin prisa, pero con decisión, todas las madres se separaron del resto y avanzaron hacia la margen del arroyo. Había cerca de veinte mujeres que participaban del mismo ritual. Tenían los brazos pegados al cuerpo y miraban hacia arriba. En un gesto de respeto, aquellos que permanecían sentados se pararon.
Si mi larga experiencia de cronista no me hubiese preparado para enfrentarme a lo desconocido, difícilmente hubiese dado crédito a lo que estaba a punto de presenciar. Y aun así, no pude evitar que un sentimiento de lo maravilloso me envolviera como una capa de estrellas.
Las flores amarillas, que cubrían una gran extensión, se balancearon formando lentas olas, y liberaron un suave perfume. A una distancia de un disparo de flecha de donde me encontraba, apareció en el aire un viento azul. Se desenroscaba, dilataba y avanzaba hacia donde estaban las madres. Giraba brevemente en torno a ellas, se extendía unos metros más, y finalmente, tras descender y dejar una blanda marca en la superficie del agua, se esfumaba junto a las esculturas. No tardó en formarse un río aéreo de singular encanto. Las mujeres observaban la escena con ansiedad, mientras sus largos cabellos y sus vestidos blancos se agitaban en el viento.
Poco a poco, en aquel aire vaporoso, comenzó a evidenciarse la presencia de los niños desaparecidos. Se los podía ver asomando entre los bucles de la niebla.
Las madres miraban hacia arriba y extendían con delicadeza los brazos, para poder rozar las manos y los rostros de sus hijos. Pero las imágenes se les desintegraban entre los dedos y eran arrastradas por la corriente azul.
Traté de imaginarme cuánto sufrimiento debieron haber soportado esas mujeres y sentí un vacío en el estómago. Su dolor se me metía por los poros, y tuve que hacer un gran esfuerzo para conservar la entereza.
Ofelia, la hija de Germán, observaba todo sin pestañear. A su lado, muy junto a ella, estaba parado su hijo Daniel, que le llegaba hasta los hombros. Si aquello no era fácil para los adultos, mucho menos debía serlo para los niños presentes, que veían en el viento a sus hermanos y primos desaparecidos. Ofelia apretó los labios y aferró a Daniel contra su pecho.
Cuando el viento azul soplaba con más fuerza, el olor de la hierba se hacía más intenso. Las imágenes de los niños se dilataban y contraían, pero sin perder nunca la belleza. Era como la representación de una melodía interior.
A medida que transcurrían los minutos, la visión iba desdibujándose al igual que una acuarela bajo los efectos del agua.
Un hombre pequeño y delgado, de aspecto extranjero, que estaba parado junto a mí, me dijo:
-Es muy raro, ¿no le parece?
No estimé oportuno iniciar una conversación en ese momento, así que me limité a asentir con la cabeza.
Pero el hombre necesitaba expresarse, porque añadió:
-Algunos dicen que el Emperador los mandó secuestrar, para castigar a los padres por su insubordinación. Otros creen que un mago tiene sus almas atrapadas. Personalmente considero que el lugar actúa como una suerte de catalizador de los sentimientos de las madres: ellas simplemente ven lo que vinieron a ver. En lo que a mí respecta, esto es un cementerio para niños. Las madres vienen todos los años para encontrarse con sus hijos muertos.
-No le hagas caso -intervino Germán sin poder ocultar su molestia-. No es un cementerio, y los niños no están muertos.
El hombre miró al líder y se disculpó.
Mi amigo iba a agregar algo más, pero entonces, un anciano que tenía los ojos entornados, afirmó:
-Mi vista no es buena, pero yo sé que mi nieto está ahí.
Germán intentó una sonrisa y ambos volvimos a concentrarnos en las imágenes.
Los niños se veían ya con escasa claridad. Parecían deshilacharse ante la mirada desconsolada de las madres, que los miraban alejarse, como si contemplaran el río del Tiempo pasar frente a ellas y no pudiesen hacer nada por detenerlo.
Observé en derredor, y vi a los limerianos encerrados en el valle, casi estáticos, fascinados con aquella pintura estampada en el viento, soportando un dolor que ninguna persona debería soportar. Las madres permanecían fijas a la tierra como árboles, y no podían dejar de mirar el cielo.
Al cabo de un rato, como una música que ha llegado a su fin, lo que restaba de las imágenes se esfumó en el aire.
Todo había concluido.
La sensación de vacío fue inmensa.
Germán abrió la jaula y liberó al pájaro blanco, que se alejó en la fría mañana. Luego fue por su hija y su nieto. Los abrazó, y juntos comenzaron a abandonar el lugar. El resto de las personas también se marchaba, en la procesión más perturbadora que he visto en toda mi vida. En mi recuerdo es una gris visión de cientos de hombres, mujeres y niños caminando bajo una apretada masa de nubes negras. Uno podía sentir el olor de la lluvia que no tardaría en llegar, pero no cayó ni una sola gota. Les di una última mirada a los leones alados que flanqueaban el arroyo y empecé a alejarme.
Mis compatriotas, al referirse a los hijos del viento, hablaban de fantasmas que podían matar de miedo a quienes los veían. Ahora yo me daba cuenta de lo equivocados que estaban. Las escenas no eran aterradoras, sino muy tristes. Y no había ninguna razón para hacer huir a los observadores.
Dos días después, mientras aguardaba el barco que habría de regresarme a mi hogar, comprendí que, si la vida me había permitido asomarme a aquella tragedia, mi tarea no debía limitarse a escribir una crónica. Resolví postergar mi partida: ayudaría a los habitantes de Limeria a encontrar a sus hijos desaparecidos.


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2 comentarios:

  1. Es conmovedro y muy visual y sensorial, transmite la escena como algo vivido. Hermoso.

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