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lunes, 26 de agosto de 2013

La sombra quieta de la letra F




La sombra quieta de la letra F, Andrés Echevarría, Melón editora, 68 páginas, 2012, Argentina.

Andrés Echevarría (1964, Cerro Largo, Melo), ha incursionado con éxito en diversos géneros. Participó como antólogo, prologuista y ensayista en libros sobre Juana de Ibarbourou  y Jules Laforgue. Su obra dramática incluye: “La Historia en dos cuerpos” (1992), “Homenaje al espejo” (1993), “Sonorama” (1994), “ZZZZZ...” (1995), “El re dio la nota” (1998) y “Cuando la luna vuelve a su casa” (sobre la vida de Laforgue, 2012, Primer Premio Municipal Juan Carlos Onetti). En narrativa escribió “Los árboles de piedra” (2008). Es autor de los poemarios: “Señales elementales” (2006), “La sombra de las horas” (2009), “La plaza del Ángelus” (2011) y “La sombra quieta de la letra F” (2012).


“La sombra quieta de la F” es una antología poética: de la página 9 a la 14 son inéditos, de la 15 a la 28 hay una selección de La plaza del Ángelus (Yaugurú, 2011), de la 29 a la 39 de La sombra de las horas (Estuario, 2009), de la 40 a la 53 de Señales Elementales (Artefato, 2006), y de la 54 a la 64 inéditos nuevamente.
Más allá de los años que van del primero al último poema, y de que encontremos verso libre, alejandrinos o sonetos, lo que queda claro en esta selección es que su autor ha sabido mantener una identidad a través de los años. Echevarría es el poeta del misterio que habita en los espacios cotidianos. Existe otra vida, otro mundo, y está muy cerca de nosotros.
“La sombra quieta de la letra F” es el título de uno de los poemas, y como es lógico  proporciona una de las claves del libro: “cuando el último acto sea el intento/ de interpretar las cosas y decirlas/ la historia de bocas que se cierran/en la piel recorrida que se apaga/se posará en un sitio inexplicable/la sombra quieta de la letra f/y entre los árboles de algún espacio/encontrará la senda y la palabra”. Hace referencia a la palabra que espera, a la posibilidad cierta y cercana del hecho poético. La poesía debe buscarse de un modo natural, sin la violencia de los artificios. Lo que importa es vencer las resistencias, porque únicamente de esa forma las puertas se abrirán.  Echevarría es un peregrino humilde y honesto, su estilo es diáfano y ligero. Hay buenas imágenes, no pomposas pero sí efectivas, una técnica aplicada, y un ritmo sosegado, de modo que fondo y forma se corresponden con acierto.
Hay que estar predispuesto para el conocimiento, y no perder de vista que el lenguaje es una herramienta limitada. La palabra, señala el poeta, es de “rústica forma inconclusa”, “es una guarida que espera en el inconsciente”, “es un error que no puede subsanarse”. Es un bosque cubierto de sombras “con el mar del otro lado, donde no hay huellas del hombre”. La palabra es entonces una aproximación,  aunque imperfecta, a la eternidad. Puede sugerir, acercarse, pero nunca llega a penetrar el último misterio, porque tiene las limitaciones del hombre. Y sin embargo, nada hay más humano que esa búsqueda incesante. “Fracciones”, el último poema del libro, recuerda que en su viaje, el poeta apenas logra rescatar una parte de la totalidad: “parte de palabra”, “parte de libro”, “parte de voz”, “parte de cielo”, “parte de espejo”, etc.
A veces es el silencio (como sucedía sobre todo en La plaza del Angelus) el portador de las revelaciones, e incluso la oscuridad: “el silencio de la luz de mi lámpara/que alumbra nuevamente mi lectura”. Porque el texto que nos interpela no es un libro, sino el mundo; y el hecho poético no está en los libros, en lo escrito, sino en la comprensión y la comunión con los elementos.
Para Echevarría el punto de partida puede ser lo que ocurre en una plaza, la vereda que guarda el recuerdo de unos pasos y de una vida, la lluvia que “multiplica pensamientos” o algo tan trivial como el desplazamiento de un insecto: “la hormiga se desplaza al fondo blanco/ bajo el sol de un mediodía se escapa/ por la cuerda de la ropa a los pretiles/ en el surco imaginario de las formas/ a los límites desiertos de un espacio/ a los detalles exentos de importancia”. El espacio acotado es la puerta al macrocosmos. Ve en lo cotidiano lo trascendente: “…a la sombra que cubre esta mañana/a la brisa que sopla en su temprana/agonía de todo el universo”. Otro ejemplo de los muchos que podría citar: “un árbol frente a mi casa/que fue girando el cosmos en su columna”.  Un instante, un silencio o un movimiento de apariencia insignificante se convierten en puentes aéreos.
Sin embargo, el hecho de ver lo que otros no ven, no significa necesariamente que esté despegado del mundo terrenal, sino que la visión se amplía. En el poema “El mar/ acúfeno de los desaparecidos”, el poeta señala con tenebrosa belleza: “horror sobre la playa los tres muertos del agua/ es uno el que se hamaca entre las olas sin rostro/ el otro lava el nombre y se disuelve en la arena/el último ha quedado en caracoles impreso/ y suelta su silencio como un pez sin destino/ en unos cuantos años llamarán a la puerta/ del rudo que en alambres maniató tres caminos/y el mar tendrá tres rostros y tres nombres tres voces”. Es admirable el ritmo de esos versos; transmiten la emoción que provoca la  contemplación del mar, y sobre el final, el oleaje parece acelerarse para anticipar un destino ineludible.
 “La sombra quieta de la letra F”, esta antología bellamente editada por Melón, deja en claro que Echevarría se ha ganado su lugar bajo el sol.

                                                                                Pablo Dobrinin
(publicado en La Diaria el 21 de agosto de 2013).









                                                         
                                                                                                                

sábado, 13 de abril de 2013

Reseña



A corazón abierto

Editorial Yaugurú  ha editado dos libros breves que tienen por tema al corazón: “El corazón discurre” de Gabriel Weiss y “Bitácora del corazón roto” de “caf.-”.  La edición evidencia el buen gusto que el Maca le aporta al diseño y ambos cuentan con estupendas portadas, aunque, a juzgar por la escasa exhibición que esta editorial tiene en la mayoría de las librerías, los libreros consideran que lo más bonito son los lomos. Pero vayamos a los textos…
Corazón de poeta
El corazón discurre, Gabriel Weiss, 62 páginas, ilustración de tapa: Luis Eduardo Aute, prólogo de Washington Benavides, Yaugurú, Montevideo, 2011.
Gabriel Weiss (Montevideo, 1961) es profesor de literatura, este es su primer libro.
El poemario parte del concepto que la tradición clásica le daba al corazón. En el canto I de La Ilíada de Homero, leemos: “Tal dijo. Acongojóse el Pelida y dentro del velludo pecho, su corazón discurrió dos cosas…”. El corazón discurre, es decir que piensa, es la sede de la inteligencia, por eso el dibujo de Aute muestra un corazón en el lugar donde debería estar el cerebro. El corazón, de acuerdo con René Guénon, también simboliza el centro del ser. El centro representa la eternidad, es el “motor inmóvil” en torno al cual se desarrolla el tiempo. Precisamente, en el libro de Weiss, el mundo gira en torno al corazón del poeta. Y desde esa eternidad que propone el discurrir del corazón, el pasado, el presente y el futuro se viven desde el ahora. El corazón siempre “es”.
El libro, vívido como los resplandores de una tormenta, está formado por versos libres que empiezan de la siguiente manera: “Mi corazón es…”, a lo que sigue una enumeración: “…Nerón contemplando/Roma envuelta en llamas/ es la estepa soviética/ y es Odín soplando furiosas pesadillas/es la voz de Lou Reed cantando/Romeo y Julieta en la calle Austria”. Este esquema se repite a lo largo de todo el libro. El uso del gerundio y del verbo “ser” hacen sentir el impacto actual de todas las acciones. Si como creemos, la obra de una artista lleva implícita una visión del universo, hay que admitir que estamos frente a un ejemplo extremo. De algún modo, el libro plantea la realización máxima que puede concebir un poeta: que ese universo pase por su obra. La historia, la mitología, los recuerdos personales, y las raíces familiares se resuelven en una experiencia totalizadora que devuelve al individuo el sentimiento de pertenencia a lo único e indivisible: “camino abajo camino arriba/mi corazón es siempre uno y el mismo”. La unicidad se advierte también en unos versos explícitos como: “Mi corazón”… “es una grieta por donde/se filtran los días por venir/es un pozo donde emiten/sus últimos destellos/ los días que pasaron”.
A veces hay una correspondencia entre el sentir del alma y el discurrir del corazón. (Mi corazón)… “es una lámpara de aceite/ que alumbra débilmente mi alma”; “Mientras tanto mi alma se sacude/como una camisa colgada de un alambre”. Es de agradecer que los versos no sean simples enumeraciones, ya que, como vemos, se ponen en juego variados recursos poéticos; metáforas, imágenes, comparaciones, personificaciones, etc., que nos deparan bellas sorpresas. “Mi corazón”, señala el poeta de un modo elegante, “es un jazmín que ha florecido/mientras marzo se extingue/ como el fuego en un bosque”.
Corazón herido
Bitácora del corazón roto, “caf.-”, 6º páginas, ilustración de tapa: Alfonso Lourido, Yaugurú, Montevideo, 2012.
“Caf.-” (Montevideo, 1975) es el pseudónimo de Christian Arán; en el 2007 publicó su primera novela: 14 mAh. “Bitácora…” es su segundo libro.
Aquí el sentido del corazón tiene que ver con el que le otorgamos habitualmente; remite a lo afectivo. El relato es no lineal y está estructurado en pequeños capítulos que se leen como microrrelatos y que a veces, con ligeras variaciones, se repiten a los largo del libro. El orden de las partes es intercambiable, y uno puede abrir el libro en cualquier página, porque lo que importa es la huella que esos textos pueden dejar en nosotros. Es una obra que navega entre el humor negro, el absurdo, una cuota de surrealismo controlado y la alegoría. Hay personajes que se repiten, con historias que se alternan: un hombre que se pasea con los pedacitos de su corazón en el bolsillo, un hada que se complace en destruir el corazón de un querubín, un falso mesías que en el escenario de un teatro sostiene en alto su corazón sangrante, un capitán de barco y su tripulación, un masoquista que genera encuentros lujuriosos, y hasta un escritor. Todos los personajes podrían ser el mismo, los límites son difusos. La estructura es espiralada y ofrece muchas posibilidades creativas. Lo que subyace a todas estas historias, es una ciudad en la que los colores están prohibidos. Así, la obra de “caf.-” funciona como una metáfora del dolor (representado por el corazón”) al que un individuo se expone en una ciudad gris que intenta anularlo. En ese mundo gris “la vida va en círculos”. Seguramente el lector se sienta tentado de asociarlo con su propia ciudad. Es sintomático que en este medio el promotor del placer sea precisamente “el masoquista”. El texto está escrito con corrección y avanza a golpes de ingenio.
Libros infinitos
Hay obras que se presentan como piezas de relojería; cada parte es insustituible y está en el lugar exacto. Otras en cambio se parecen más a sistemas abiertos. Los dos libros de Yaugurú, convenientemente breves, pertenecen a este último tipo: podrían acortarse e incluso prolongarse indefinidamente. Ambos, de algún modo, se sitúan más allá del tiempo y sugieren posibilidades infinitas. El propio Weiss contaba en una entrevista que había trabajado en su libro durante años, pero el mismo día de llevarlo a la imprenta no pudo resistir la tentación de agregar unos versos.
                                                                                            Pablo Dobrinin
                                     (publicado en La Diaria el 4/4/2013)

martes, 19 de marzo de 2013

Oscar Larroca



El Cuerpo Abierto
Oscar Larroca XVI Premio Figari, autores varios, Museo Figari, DNC, MEC / BCU, 96 páginas, Uruguay, 2012.


La publicación de libros de arte  suele estar regida por una ley no escrita bastante perversa. Salvo excepciones, a menos que un artista esté muerto o haya entrado en la tercera edad, nadie se acuerda de él. El arte pictórico es ejemplar en este aspecto. No solo no se editan libros sobre un artista determinado, sino que los libros que se han escrito sobre la historia de la pintura uruguaya, han resultado indiferentes a las nuevas generaciones. Una vez un librero me comentó que cuando un turista le pedía alguna publicación que le permitiera conocer a los pintores nacionales, a él le daba vergüenza. Parecería que después Blanes, Figari, Barradas, Torres García, Cúneo, Gurvich, Espínola Gómez,  y poco más, el arte ha desaparecido. Esto no solo es nocivo para un pintor en particular, sino para la comprensión del fenómeno artístico considerado como expresión de un tiempo y una sociedad. Lo que está pasando uno puede encontrarlo a lo sumo en exposiciones, galerías y concursos, pero escasamente en los libros. Un incidente político puede tener, en cuestión meses, un libro que lo documente, pero un artista debe esperar años, demasiados años, y a veces ni siquiera la muerte basta para rescatarlo del olvido.


Por eso mismo la labor que está emprendiendo el Museo Figari en asociación con el Banco M.E.C. y el B.R.O.U., es más que bienvenida. Entre los libros que integran su catálogo se encuentran  varios sobre la obra de Pedro Figari y uno sobre su hermano Juan Carlos Figari Castro. Pero, además de esto, y acá viene lo más interesante, a partir del 2010 el museo comienza a editar a los ganadores del Premio Figari, que distingue a artistas actuales. En el 2010 la ganadora fue la fotógrafa Diana Mines, en el 2011 Oscar Larroca, y en el 2012 el artista plástico Marco Maggi.

El jurado de la edición número XVI del Premio Figari, compuesto por Jorge Abbondanza, Águeda Dicancro y Tatiana Oroño, decidió premiar a Larroca en consideración a la solidez de su labor artística y docente en treinta años de trayectoria.
El libro “Oscar Larroca XVI Premio Figari”, catálogo de la muestra realizada en el propio museo,  incluye numerosas reproducciones a todo color y recoge textos de Mario Bergara, Hugo Achugar, Pablo Thiago Rocca, Magalí Sánchez Vera, Pedro da Cruz, Jorge Abbondanza, Águeda Dicancro y Tatiana Oroño.


En esta publicación el lector podrá encontrar una biografía del autor, una entrevista y una introducción a  sus técnicas y motivos, dando cuenta de sus trabajos en dibujo, pintura, fotografía, performance, body art, etc.
En la “Cronología” de Larroca, elaborada por Magalí Sánchez Viera, el lector asiste a sus difíciles comienzos, que de algún modo también ejemplifican las cotidianas paradojas de muchos otros artistas. Así, en 1981, dando muestras de un talento insólito para sus 18 años de edad, es premiado en concursos de Cinemateca Uruguaya y Galeria Latina, al tiempo que expone en sitios de prestigio como el Teatro Solís y viaja a la Bienal de San Pablo. En ese mismo año, Larroca se gana la vida vendiendo palanganas de plástico puerta por puerta. Este y muchos otros apuntes ilustran los azarosos comienzos y su militancia en el arte y la política, hasta llegar a tiempos más dulces como las becas que obtiene para estudiar en la Sorbona, los numerosos premios, su trabajo docente, la publicación de sendos libros de ensayo -sobre el erotismo en el arte y sobre su amigo y mentor Manuel Espínola Gómez-,  y finalmente el reconocimiento de sus pares, del público y de la prensa. No podía faltar la mención a la célebre muestra de 1986 que fuera censurada por el intendente Jorge Luis Elizalde bajo el pretexto de que agredía la sensibilidad y la “moral media” de los espectadores. Episodio que, más allá de las intenciones del intendente, sirvió para desatar encendidas polémicas, promover gestos de solidaridad hacia el artista, y otorgarle una visibilidad extraordinaria en los medios.

Oscar Larroca recoge influencias del cómic, las series televisivas, la cultura popular, los libros de anatomía y sus cortes quirúrgicos, las carátulas de discos de rock de los 70, etc. Tiene una postura crítica en sus trabajos, no solo frente a la dictadura (visible en dibujos como “Once años de un día cualquiera”) sino frente a la sociedad de consumo en general. Reniega de la objetividad y, a pesar de un trazo a menudo hiperrealista, su obra muestra las facetas que el ser humano o el sistema se empeñan en ocultar. Suele apelar a la fragmentación y a lo simbólico, y le preocupa el mensaje y su eventual manipulación. En “Bienvenidos a la máquina” (acetato y fotografía) vemos un pie dividido en 18 imágenes. En algunas de ellas las partes del pie se ven normales, en una el dedo mayor muestra una rotura, en otra hay símbolos sobre la piel como una pipa que nos recuerda precisamente a Magritte y a los problemas de la representatividad.

Un ejemplo del uso inteligente que el pintor hace de la violencia es “Anacrónica muerte…la de Lorenzo”, primer premio en el concurso “Almanaque INCA 1988”. En este grafito el famoso personaje de cómic de “Lorenzo y Pepita” aparece atado con cuerdas, tiene los ojos vendados y está sangrando (la sangre es lo único en color). El fin de la infancia, el lado oscuro de un modelo y hasta las torturas aplicadas por un régimen pueden ser modos de interpretarlo. Pero lo fundamental es que las obras de este artista trascienden las coyunturas históricas, ya que su mirada, más que política, es ética.

Si bien la propuesta de Larroca es muy rica, la mayoría de su trabajo pasa por el cuerpo. El cuerpo considerado como texto, como territorio. Una piedra de Rosetta para acercarnos a su universo creativo es la serie fotográfica “Siete platos”. En ella vemos las piernas y la vagina de una mujer, y un plato blanco frente a esta última. Lo que va cambiando en la serie es el contenido del plato; en el primero aparece un trozo de torta, en el segundo una costilla cruda de vaca, en el tercero hay sobras, en el cuarto hay un huevo de gallina, en el quinto el plato está roto, el sexto plato es un espejo, el séptimo no tiene nada y la mujer aparece con una bombacha blanca. De ese modo, queda claro que Larroca utiliza el cuerpo como vehículo expresivo. El cuerpo puede estar ligado al placer, pero también al consumo, al descarte, a la reproducción, a la violencia, a la identificación, o a la censura.
Por otra parte, tampoco el erotismo debe ser tomado a la ligera. Ni siquiera en un grafito sobre papel titulado “La cena”, en el que una mujer acerca su lengua a una forma fálica. En contraste con el rostro hiperrealista de la mujer, el falo solo exhibe su contorno, dando a entender que el tema no pasa por el sexo, sino por la representación del deseo. Para Larroca, como también lo fue para los surrealistas, el erotismo debe ser comprendido en su dimensión moral, como un arma contra la hipocresía y la esclavitud del pensamiento.

                                                                                Pablo Dobrinin
                                                                (publicado en La Diaria en marzo del 2013).







miércoles, 28 de noviembre de 2012

La huída inútil de Violeto Parson


Reseña publicada en La Diaria el 26 de noviembre de 2012.

Cambio Cromático


La huída inútil de Violeto Parson, Pablo Silva Olazábal, 157 páginas, Ediciones Dixi, Montevideo, 2011.




Pablo Silva Olazábal (Fray Bentos, 1964), es el autor de buenos libros de relatos como “La revolución postergada”(2005) y “Entrar en el juego (2006), y del imprescindible reportaje “Conversaciones con Mario Levrero” (2008, reeditado en Chile en 2012). También, este licenciado en ciencias de la comunicación, se ha hecho muy conocido en el mundillo literario por ser el conductor de La máquina de Pensar, un programa de Radio Uruguay que desde marzo del 2010 se dedica a difundir la labor de escritores y poetas.

La novela que hoy nos ocupa ganó la única mención de honor en el Concurso Literario Municipal de Montevideo, edición 2010, donde fueron jurados Sylvia Lago, Hugo Fontana y Guillermo Álvarez Castro.

Narra la historia de un hombre que despierta maltrecho en una habitación, y descubre que no recuerda nada de su pasado, salvo su nombre: Violeto Parson. Luego inicia un peregrinaje sin rumbo, que le depara encuentros con gente desconocida, malentendidos, e incluso una golpiza a manos de un salvaje capataz que se dedica a estafar a los trabajadores. Casi por inercia llega a una estancia, trabaja de peón hasta que le sobrevienen varios desmayos, y posteriormente, tras desatar (sin advertirlo) una tragedia de proporciones, abandona el lugar.

La historia flota sagazmente entre el realismo, el clima enrarecido del fantástico, la parodia y la alegoría. Tiene ecos de Levrero y de Onetti. Del primero por cierta atmósfera onírica y esa sensación constante del personaje de estar como desprendido del mundo, y del segundo más que nada por los puntos de contacto que podríamos establecer con El astillero. La estancia, que tiene el engañoso nombre de La Tentación, es -como en la obra de Onetti- una empresa venida a menos, en la que todos los involucrados participan de un simulacro que permite seguir creyendo que el tiempo no ha transcurrido y que se sigue viviendo en la prosperidad de antaño. Esta inmovilidad existencial marca precisamente la lucha de Violeto.

Es una obra de aprendizaje dividida en dos partes, y escrita de un modo minucioso, lo que no impide que la lectura sea muy ágil en todo momento. Desde la narración morosa de los procesos interiores hasta la acción trepidante del final, el autor controla el ritmo de una prosa convincente, madura y plena de hallazgos. Tiene frases exactas y descripciones inspiradas como las del siguiente párrafo: “Giró y contempló las casas que allá en lo alto se perfilaban con la definición de sombras chinas. Una nube se desprendió hasta desmigajarse por completo y la luna brilló como un clavo luminoso en el cielo. La línea de sombra retrocedió por completo, como si alguien hubiera partido y separado la tierra en dos pedazos”. Como contrapartida, los diálogos son esquivos, ambiguos en ocasiones, lo que contribuye a reforzar la incomunicación de los personajes y crear una sensación de estar parado sobre un piso que en cualquier momento puede derrumbarse.

Más allá de la anécdota puntual hay un interesante trabajo con ciertos conceptos que se deslizan subrepticiamente (lo que habla bien del oficio del escritor), que atraviesan y enriquecen la novela.

Al principio compara la pérdida de la conciencia con un “sueño tan oscuro como el vientre de una ballena”. Esto es un punto a favor del autor, porque en esta novela los tropos no son meramente descriptivos, sino que añaden sentido. Así como Jonás había sido despojado de su familia y sus bienes, y debe permanecer en la ballena antes de emerger a una nueva vida, Violeto Parson ha perdido su memoria, y se encuentra, en un sentido espiritual, tan desnudo como el personaje bíblico. Despierta en un rancho que se inunda, y luego va a una estancia donde llueve casi a diario (lo que perjudica las tierras y las cosechas). Esta propiedad, dicho sea de paso, sufre los efectos de una represa que fue catastrófica para la economía del lugar. De hecho, casi todo el valle se encuentra bajo la línea del agua. El agua sigue siendo un espacio de tribulación y de encierro. Como el cuerpo del protagonista es un territorio donde transcurre buena parte la historia, el narrador utiliza de forma recurrente las imágenes y las comparaciones en un intento por mostrarnos aquello que por definición es intransferible: el dolor y las sensaciones personales. “Es como estar acostado en una balsa, sin hacer nada…” Y más adelante expresa: “simplemente no hago nada y me dejo ir sobre la cama, en este cuarto, a la deriva”. A pesar de que estas imágenes del agua aparecen una y otra vez, hay que destacar que, buena parte del tiempo, el clima en el que se mueve el personaje es de un calor opresivo. De modo que el agua funciona como la imagen de un lugar que si bien le proporciona un modo de existencia, lo mantiene prisionero. Sigue más adelante con otro simil que recuerda al de la ballena: “…me hundo en un sueño pesado y oleoso como las entrañas de un tiburón”.

Al término de la segunda parte, Violeto sufre un desmayo, lo que supone un momento de quiebre en la obra, que es contado con estas palabras: “Cuando no pudo más boqueó como un pez fuera del agua, pero pronto pasó a otro momento, el de quedarse quieto, estático, en una lucha silenciosa y dura contra los músculos torácicos, que se rebelaban contra la brutal idea de que todo había acabado”. En el inicio de la segunda parte Violeto comienza a construir el difícil camino de autoafirmación, por eso, en un hábil giro, se produce un cambio de narrador, de tercera a primera persona. “Por sobre todas las cosas”, afirma, “debía vencer la nada que me ataba a ese momento”.

Cerca del final de la novela, el personaje abandona la estancia con visible desencanto; en el camino se encuentra con un niño que se dedica a cazar serpientes y se queda charlando con él. Esta pausa es funcional a la historia, porque mientras tanto va a ocurrir algo que será determinante para la conclusión, pero también tiene que ver con ese entramado subterráneo y simbólico de la obra. El niño destaca que el valor de las serpientes radica en su piel. Precisamente, la simbología de la serpiente se relaciona con el cambio de piel. Es un símbolo de evolución, de trasmutación. De este modo, esa mención a las serpientes nos pone en la pista del desenlace de la historia.

Al cabo de la aventura, el protagonista regresa al mismo sitio geográfico de donde había partido. Esto podría sugerir la amenaza de una estructura circular, la idea de que este hombre está condenado a repetir los mismos movimientos. Sin embargo, no es esto lo que sucede, porque al término de este viaje iniciático, el personaje ya no es el mismo. Aprende que de nada sirve huir y que la búsqueda continúa. Efectivamente, Violeto Parson ha cambiado, y de algún modo el lector intuye que ya no va a recostarse en la enfermedad o la falta de carácter para tomar decisiones. Aunque a muchos haya sorprendido -y me consta que así fue- que el personaje tuviese el nombre que le eligió el autor, hay que reconocer que fue una decisión acertada: el violeta es el color de la transmutación.



Pablo Dobrinin

Los Viajes

A partir de hoy, comenzaré a publicar algunas reseñas, entrevistas y ensayos que han aparecido en diversos medios.
Hoy comienzo con una reseña de Los Viajes, de Ramiro Sanchiz, publicada en La Diaria el 19 de noviembre de 2012.


Otro nombre para la rosa


Los Viajes, Ramiro Sanchiz, 110 páginas, Melón editora, Buenos Aires, 2012.


Federico Stahl -escritor, músico y poeta- es un personaje que aparece, desde que fuera creado en el 2006, en distintas ucronías de Sanchiz como parte de un gran plan en el que cada una de las narraciones puede ser considerada el fragmento de una obra total. Al decir del catedrático español Jesús Montoya, que ha estudiado al autor uruguayo, “su obra está atravesada por la borgiana intuición de senderos que se bifurcan en universos paralelos, que se abren en cada uno de sus relatos y se cierran a su término.” “Todo ello protagonizado por Federico Stahl, una suerte de alter-ego del autor que muta levemente en cada una”. Esta faraónica creación, aun en proceso, y que no tiene precedentes en nuestra literatura, incluye hasta el momento las siguientes novelas: 0.1 lineal (Editorial Anidia, 2008, España), Perséfone (Estuario editora, 2009), Vampiros porteños, sombras solitarias (Editorial Meninas Cartoneras, 2010, España), Nadie recuerda a Mlejnas (Editorial Reina Negra, 2011, Bs. As.), La vista desde el puente (Estuario editora, 2011, Uruguay) y Trashpunk (Ediciones CEC, 2012, Argentina); además los libros de relatos: Del otro lado (La Propia Cartonera, 2010, Uruguay), Algunos de los otros (Premios Fondos Concursables 2009-Trilce, 2010, Uruguay) y Los otros libros (La Propia Cartonera, 2012).

Bañera burbujeante.


En Los Viajes, un ingeniero, que reside en un precario departamento del Palacio Salvo (un sitio rodeado por un halo de misterio, y sobre el que circulan siniestras historias de monstruos lovecraftianos), construye una máquina dotada de inteligencia artificial. Con el fin de comunicarse con ella, convence a Federico Stahl para participar de un experimento que incluye un tanque de aislamiento sensorial instalado en una bañera, drogas de diseño y un bizarro sistema de realidad virtual generado por viejas computadoras conectadas a la red. Como resultado, el sujeto del experimento tiene visiones epifánicas que lo llevan a considerar el sentido de su papel en el universo, o mejor dicho del multiverso, ya que existen muchos Federico Stalh en mundos alternativos. Las drogas que le proporciona la máquina lo hacen afirmar cosas como: “todo estaba en mí, y yo estaba en todos. A cada momento y en todas partes”. Esa IA, que alcanza su conciencia propagándose por internet, le ayuda a comprender la reconciliación de los opuestos y obtener un conocimiento de sí mismo que no puede expresar con palabras.
Tras el experimento, el protagonista narrador abandona el Palacio Salvo y mientras camina por la ciudad, comienza a notar que los colores del ocaso se derraman de un modo inusual sobre el paisaje, hasta el punto de desdibujar la ciudad de Montevideo. Así, Stahl se traslada a un universo-burbuja (que se identifica con un balneario llamado Punta de piedra), en el que no envejece, vive sin dificultades económicas, y puede convivir con amigos o amores que en el mundo “real” habían fallecido. Sin embargo, no tarda en sentir la falsedad de este paraíso artificial, y comienza a buscar una salida. Los cuestionamientos se suceden sin pausa, hasta el punto de no poder discernir si efectivamente se encuentra en esa playa, o si por el contrario, todavía continúa conectado a una máquina de realidad virtual. En su infatigable intento por regresar al mundo real (si es que tal cosa efectivamente existe), llega a la conclusión de que Punta de Piedra es un punto de confluencia entre distintas realidades. Con la ayuda de un Tratado y un diario dejados por otras versiones de Federico Stahl, intentará escapar de este sitio poblado de fantasmas del pasado o de su propia mente.

Alquimia y multiversos



Los Viajes es una nouvelle muy bien escrita, imaginativa y sobre todo riquísima en cuanto a significados. Para comprenderlo, basta con esbozar algunas de las posibles lecturas.

Como novela de ciencia ficción podríamos inscribirla dentro del ciberpunk, con su cóctel de antihéroes, y realidad virtual, pero también debemos considerar a los universos paralelos, las realidades alternativas interconectadas y las ucronías. Hay una extraordinaria descripción de los procesos mentales que se hacen visibles gracias a la pericia del autor, y los aspectos cientificistas van muy bien de la mano con consideraciones de tipo teosófico y filosófico. Así, por ejemplo, las reflexiones que realiza el creador de la mencionada computadora inteligente son muy ilustrativas. Para el viejo, la inteligencia es un proceso que describe como “la posibilidad de iterar, de dar saltos cuánticos, es decir, entre dimensiones”. También postula que la inteligencia es colectiva y no individual como se suele creer. “Todos somos nodos de una red, o momentos de una conciencia escindida y volcada en todos en subcompartimientos”. “El universo es una gigantesca mente, de la cual todos somos neuronas”. “Y esa “sobremente” es una computadora cuántica que procesa lo que llamamos realidad” “Los antiguos la reverenciaron como Dios”.

El propio pueblito de pescadores en el que se desarrolla casi toda la acción está cargado de símbolos y de significados que redimensionan la anécdota. Punta de Piedra ocupa un área circular del que no se puede huir, porque cuando uno llega a un límite termina regresando al principio como si se desplazara por una cinta de Moebius. El círculo, al decir de Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, suele corresponderse con un “retorno a la unidad tras la multiplicidad”, lo que en este caso es muy significativo, tratándose de un lugar que funciona como punto de confluencia de distintos universos y versiones del protagonista. Mide 5 kilómetros de diámetro, es un gigantesco arenal, y al noroeste limita con el mar y al noreste con un barranco infranqueable. El número 5 (de nuevo Cirlot) es el símbolo del hombre, lo que nos indica que es un espacio a la medida del individuo que lo habita. Las dunas, la arena, etc., representan el desierto mítico que debe recorrer antes de alcanzar su objetivo. El barranco (único frontera natural según se señala) representa el límite de sus posibilidades humanas: más allá no puede ir, saber o conocer, por eso la altura del barranco es de 300 metros (múltiplo de 3, símbolo de la divinidad).

El propio nombre “Punta de Piedra” tampoco puede ser tomado a la ligera. La piedra es un símbolo del ser y de la cohesión, y la piedra filosofal representa la unión de los contrarios, es símbolo de la totalidad. Según Evola, no hay diferencia entre el descubrimiento de la piedra filosofal y el nacimiento eterno. Recordemos de paso que en este lugar el personaje no envejece, y que la importancia de la alquimia es inherente a la propia anécdota. De hecho, el Tratado de las puertas y los pasajes-que debería proporcionarle un medio de escape- es descrito como un libro de “alquimia de otro mundo”. Los alquimistas, explica el autor del tratado, “habían sido los sobrevivientes medievales de una orden antiquísima cuyos miembros recorrían el mundo en busca de ciertos secretos (…) rastreando los elementos necesarios para crear una máquina que disolviera la simulación y devolviera a los humanos a la realidad”.

El mar, que integra el espacio geográfico, aparece en su función regeneradora, ya que devuelve a la vida a la novia de Federico. Agustina, que había muerto años atrás, es regresada por el mar, y con una rosa (que no se marchita) en su mano derecha. Esa rosa (símbolo del logro absoluto en alquimia) será clave para intentar el regreso al “mundo real”.

Otra de las posibilidades es considerar las peripecias de Federico para abandonar un mundo en el que está seguro y tiene sus necesidades satisfechas, como un intento de cumplir con una fase de crecimiento. En ese sentido, podríamos hablar de un rito de pasaje o viaje iniciático, lo que nos permitiría considerar también una lectura antropológica.

Todo es ilusión



Como se advierte, estamos en presencia de una obra que admite muchas lecturas, desde la ciencia ficción, la física, la filosofía, la psicología (gestalt incluida), la alquimia… Y aun hay más. Podríamos intentar un abordaje del artista como creador, por ejemplo, o una relectura de algunos temas de Borges o de Dick (a los que se menciona puntualmente), y también, porque no, una lectura acaso más obvia, que interprete Los Viajes como una extrapolación del hombre contemporáneo, que se sumerge en un ilusión permanente donde el tópico realidad-apariencia adquiere tonos de incertidumbre metafísica.

En definitiva, lo más importante es que estamos frente a una obra total, probablemente una de las novelas más ambiciosas de los últimos años, que cautiva la imaginación de los lectores y se erige como un desafío para los exégetas.

Pablo Dobrinin