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viernes, 18 de agosto de 2017

La frontera vibrante



El viernes 18 de agosto, se celebró el “III Coloquio Salteño de Literaturas no realistas y fantásticas”, actividad organizada por algunos docentes del Departamento de Literatura del Ce.R.P. del Litoral (Institución que este año está celebrando sus 20 años). En dicho evento, el profesor Pablo Márquez presentó una ponencia a propósito de mi obra, hecho que desde luego agradezco infinitamente. Este fue el texto:






La frontera vibrante. En torno a los mundos alternativos de Pablo Dobrinin
Pablo Márquez


Pablo Dobrinin (Montevideo, 1970) es, a estas alturas, un veterano lobo en el bosque de la ciencia- ficción y el fantasy latinoamericanos, cuyos cuentos y poemas han aparecido en las más variadas publicaciones, como las prestigiosas revistas especializadas en el género Axxón, Próxima, Asimov y Cuásar, así como en Espéculo, la revista de Estudios Literarios de la Universidad Complutense de Madrid. Desde los años 80 ha participado en diversos proyectos y aventuras editoriales, como los fanzines Diaspar, Días Extraños y Balazo, y su obra ha sido profusamente difundida, contando con traducciones al italiano, al catalán, francés y esloveno. No obstante, sus creaciones reunidas en formato libro son considerablemente recientes: en 2011 la editorial argentina Reina Negra saca Colores peligrosos, y en 2012 Editorial Melón, también argentina, imprime el poemario Artaud. El mismo año Ediciones El Gato de Ulthar, de Uruguay, reedita en nuestro país Colores peligrosos, y en 2016, Fin de Siglo saca a la calle El mar aéreo, su segundo libro de relatos.

Todos los críticos y reseñistas que han abordado la obra de Dobrinin han coincidido en señalar la originalidad de su perspectiva creativa, en donde la ruptura de la tradición ha sido, al mismo tiempo, un sincero y sentido homenaje a la misma. El propio escritor, como lo destaca Axxón (#230, mayo 2012), prefiere llamar a su literatura de bizarra, e incluso Dobrinin ha llegado a crear y emplear (un poco en broma, un poco en serio) la expresión sexy fiction para caracterizar a su obra. Efectivamente, en sus cuentos desembocan las aguas de múltiples corrientes y maestros de la literatura fantástica y de la ciencia- ficción -como Lovecraft, Poe, Bradbury, Borges, Gibson, Tarik Carson-, entremezcladas con las influencias del comic estadounidense y la historieta argentina, los descacharrantes bolsilibros de Joseph Berna, la poesía y la pintura surrealistas, así como del blues, el rock progresivo, el rock sinfónico y el heavy metal. Es así que lo clásico se da la mano sin vergüenza con el underground y el arte de consumo masivo, y de ello surge la figuración de una narrativa híbrida de inusitada belleza.

Sin dudas que en todo ello hay una voluntad de juego, pero no de distracción o simple divertimento. Hablamos de juego en el sentido de irrespetar reglas y fronteras de una determinada normatividad para crear un mundo que es negación y reflejo del otro, del normal. En Dobrinin, todo purismo dogmático se estrella contra un cosmos que es recreación e inversión del mundo entendido como real, ya sea que este último se trate de la realidad concreta como de lo canónicamente aceptado en materia de literatura fantástica. No obstante, incluso en esto (siguiendo el pensamiento de Amir Hamed) podríamos afirmar que Dobrinin es fiel a una tradición bien uruguaya (Lautréamont, Laforgue, Carson, Levrero) de situarse en una periferia discursiva, de afirmar el yo en las grietas de un mundo fijado desde una centralidad dominante especialmente por razones de mercado. Ahora bien, ello no quiere decir que, ex profeso, la obra de nuestro autor reaccione contra lo que está en el centro del sistema, sino que desprejuiciadamente se abre camino en un universo con sus ritos creativos fuertemente instalados desde hace décadas, e incluso a contramano del territorio literario nacional, independientemente de lo que la industria editorial exija como fórmula de éxito probada y comprobada.

Tanto en Colores peligrosos como en El mar aéreo, lo más puramente fantástico y surrealista se entrecruza con la ciencia- ficción e incluso el realismo para generar en el lector momentos de deleite y pesar. El propio autor señala lo siguiente en un texto teórico anexo a El mar aéreo (al que se accede a través de un código qr): “Creo en la literatura como una vía de conocimiento. Con esto no me refiero a una literatura de tesis; yo no pretendo demostrar nada. No me considero un predicador, un político o un visionario, sino un buscador. El trabajo creativo, introspectivo, te permite conectarte con zonas de tu personalidad, de tu mente y de tu espíritu, y desarrolla tu sensibilidad”. Esa búsqueda de un más allá de los sentidos es un proceso de desautomatización y de autorrealización, no exento de peligros. En la narrativa dobriniana (no es una exageración emplear ese calificativo) se conforman mundos diversos porque parece asumirse que en el Hombre no hay una única manera de acceder al conocimiento, y debido a que no hay manual válido para lograrlo, el viaje de descubrimiento comporta siempre el peligro del naufragio. En este sentido, la muerte y el sexo, como la locura y el sueño, comportan los hallazgos supremos.

En uno de sus cuentos más tempranos aparecido en Diaspar #2 (1995), titulado El jardín, el protagonista, Palmer, se somete a la experiencia de una sustancia que lo transporta mentalmente a través del tiempo, que redunda en una transformación existencial. El comienzo es el siguiente:

“Palmer miraba fascinado. Nueve pisos lo separaban del jardín. Las flores brillaban con intensidad bajo el sol del mediodía. Un perfume oscuro flotaba en el aire”.

La imagen de la Muerte se instala desde las primeras líneas, a través del consabido simbolismo del número nueve (¿nueve cielos?, ¿nueve infiernos?), y la sinestesia (“un perfume oscuro”) le otorga un carácter circular a este párrafo al combinar lo tanático con lo erótico, dimensiones que llevarán al personaje a las puertas de la sabiduría, que serán atravesadas debido al acicate fáustico de la insatisfacción:

“Sé que ya no seré el mismo. Fui soldado en la Atlántida, amigo de Gilgamesh, ayudé a destruir Troya y a expandir el imperio romano. Estuve al lado de los principales líderes mundiales, influí en sus ánimos e impulsé todo tipo de revoluciones. Practiqué decenas de religiones e incluso me lancé al ciberespacio y me fusioné con la Red, con la vana esperanza de ser un dios. Viví toda la historia de la humanidad, sus logros y frustraciones, todo…, hasta este momento”.

En Los árboles de Isaac Levitan (Colores peligrosos), por su parte, un enfermo terminal, Mario, amigo del narrador, transita por el último estadio de su vida, pero lejos de anularlo en su humanidad, la misma se reafirma en la sabiduría que otorga la conciencia del cercano final. La añoranza de los paisajes campestres, que contrastan con el encierro del hospital en el que se encuentra, confiere luminosidad al moribundo:

“Estiró una mano leve en el aire, como si tocara un recuerdo, y con aquella voz embellecida por los años, señaló:

-En primavera la floresta se tiñe de increíbles tonos de verde. Aquí y allá. Es precioso. La gente debería reparar más en esto.”

No hay en Los árboles… una superación de la muerte como tal, sino que se busca hacer de ella una experiencia que transforma al individuo, e incluso a partir de ella las percepciones sensitivas se intensifican. De todas formas, será a partir de la obra de un artista ruso del s. XIX, Isaac Levitan, que se producirá la liberación definitiva de Mario, un uruguayo agonizante del s. XXI. En la pintura de Levitan el protagonista encuentra un mensaje que trasciende la mera representación:

“Cuando repasás su obra te das cuenta de la cantidad de ríos y caminos que ha pintado. Y lo más hermoso, es que esos ríos y esos caminos también son para nosotros. -Y dicho esto, pasó las páginas para mostrarme que lo que decía era verdad-. Los caminos llegan hasta la base del cuadro, como una invitación a entrar en ellos. También hay botes que nos aguardan junto a las orillas. Levitan descubre un paraíso, y quiere compartirlo con nosotros”.

El arte es la experiencia y el hallazgo al mismo tiempo; la potenciación de la sensibilidad artística (independiente del ejercicio profesional del arte) conduce a una experiencia prácticamente mística, donde la ficción se encuentra con la realidad y la primera le otorga sentido a la última, invalidando la destrucción física. Quien narra conduce a su amigo a cumplir un último deseo, y la irrupción de lo inusitado para el narrador y para el lector no lo será para Mario:

“A la derecha del camino se abría otro camino, flanqueado de árboles, que no era ni más ni menos que el mismo que había pintado Isaac Levitan en la Rusia de 1897.

Aquello era imposible, y sin embargo no había lugar a dudas.

La exacta disposición de los árboles, con cada rama, cada hoja. El camino de tierra, con las huellas de un carro. Las casitas a lo lejos, y el triángulo de cielo, iluminado por la luna. Todo estaba allí, como lo había pintado Levitan.

Mi amigo no decía una palabra, pero sus ojos eran tan expresivos que no necesitaba hablar. Se veía claramente que estaba maravillado. De pronto frunció el ceño, como si alcanzara una íntima comprensión, y me dijo:
-      Voy a caminar entre esos árboles”.

En el ejemplo que acabamos de citar, al igual que en las visiones de Emmanuel Swedenborg, los mundos fantásticos e inesperados (pero eventualmente deseados) se abren a la cotidianeidad, pero en otras, el lector es instalado desde el arranque en la extrañeza. Sin embargo, no se puede decir que la imaginación crea una realidad, sino que hay una realidad entrevista por el autor a través de lo que él mismo denomina como “imagen epifánica”, y que define como “una imagen reveladora –generalmente  aérea- con connotaciones espirituales”. Esta imagen epifánica (un jardín, un cuadro, un ángel copulando con una adolescente, un mar aéreo, un gato artista elevándose por encima de una multitud en medio de un espectáculo de luces y efectos especiales producto de su felina imaginación) es el eje en torno al cual gira el argumento narrativo. Así, un relato sugerente y claro al mismo tiempo, elegante, va poniendo ante nuestros ojos esa otra realidad percibida por el autor. En algún sentido el arte de Dobrinin se acerca al lenguaje de ciertos místicos y alquimistas, como el ya citado Swedenborg, y, sobre todo, al de William Blake. De ahí que pueda decirse que en Dobrinin la conjunción de lo fantástico y la ciencia- ficción, de lo ficcional y lo real, inclusive, es una intersección entre dos mundos que conforman, ambos, una realidad multidimensional. Lo que para un crítico podría tratarse de un asunto de teorización (el cruce de géneros), para Dobrinin es una cuestión espiritual, y por tanto de símbolos. El símbolo nos conecta y nos completa; es un elemento religioso porque, justamente, nos religa con aquello que nos trasciende. De alguna forma el símbolo captura parte de esa belleza que es tal porque nos incomoda, nos descentra y desnormaliza. Es un fenómeno que no podemos aprehender en nuestra condición limitada. Lo simbólico es inconsciente, y quizá por ello mismo no es bueno ni malo, ni justo ni injusto. Es el Edén en el que aún corre desnuda la pareja primigenia, antes de que la serpiente la tiente, y a la vez es la serpiente, el tentador que puede conducir a la caída.

Esta última posibilidad se concreta en El mar aéreo. En este cuento el protagonista está dedicado a cuidar la casa de un conocido suyo que está de viaje por las islas griegas. En el curso de los días vivirá la alucinación de un mar aéreo en el dormitorio principal, en el que se suceden bellas escenas de amor entre dos figuras indefinidas, escenas que progresivamente se tornan violentas, de la misma manera que la relación del narrador homodiegético con Sacha, la tímida compañera de clases del liceo que reencuentra como empleada doméstica en casa de su amigo:

“El mar aéreo estaba sobre mí, flotando en un silencio tibio. Ese silencio que se nos pega a la piel cuando ingresamos a un templo. Entre los destellos nadaban los efebos. (…) El rojo huía. Intentaba escapar de cualquier modo, aunque le costara desplazarse. Tenía una herida bajo la axila. La piel desgarrada se agitaba en el agua como un pañuelo. El efebo negro lo perseguía poseído por una furia ciega. Cuando se acercó lo justo, le lanzó un furibundo zarpazo al muslo y arrancó un pedazo de carne que se le quedó enganchado entre los dedos. Mientras los observaba, las piernas se me aflojaron, un escalofrío me recorrió la espina dorsal y sentí que aquel paisaje comenzaba a invadir mis espacios interiores”.

Los cuentos de Dobrinin se dejan abordar en una sola lectura, pero, al final de cada uno de ellos, la sensación de estar atrapado en un laberinto obliga a relecturas. La imagen epifánica queda vibrando en la mente del lector y exige el retorno de éste. La palabra, que siempre es lo intrínseco al decir de Borges, va abriendo esos mundos, y por ese camino se van perfilando múltiples registros discursivos. Por ejemplo, en La visión del Paraíso (El mar aéreo) es posible encontrarse con una voz narrativa en tercera persona que remite a una visión maravillada de una realidad desconocida, que coquetea con una estética steampunk:

“La bicicleta del anciano medía doce metros de largo por tres de alto. Gracias a un complejo mecanismo de pedales, cadenas, hélices, velas y alas membranosas, el buen hombre, de túnica raída y luenga barba, conseguía que el ingenio se elevara hasta una altura de trescientos metros y se paseara sobre el continente donde vivían los seres incivilizados. (…) Era una mezcla de murciélago artificial y de sabio. Demasiado ridículo para ser un dios y demasiado atrevido para ser un hombre”.

En La sonrisa del ángel, por su lado, el discurso narrativo adquiere ribetes más näif, cursis incluso, con varios lugares comunes, acordes al contexto de relato adolescente de la historia:

“Ahora que la tenía frente a mí, apenas podía creer lo hermosa que estaba, y no podía dejar de mirar su áurea cabellera, los ojos color caramelo levemente rasgados, la piel tersa y esa boca sensual que me hacía pensar en lo delicioso que sería besarla”.

En conclusión, la obra narrativa de Dobrinin representa un desplazamiento con respecto no sólo a cierta legalidad realista, sino también en relación a otras discursividades, a otras territorialidades. Este corrimiento, empero, no está al servicio de una mera auto-afirmación autoral, sino que implica una auténtica búsqueda de lo que late más allá de las fronteras de una cotidianeidad que no necesariamente se asume o percibe como monótona, sino que sólo se trata de generar una pregunta que la desafíe. Como precisamos antes, en Dobrinin la idea es comunicar con claridad y elegancia, como él mismo señala, la visión de un más allá inquietantemente bello. En cualquier caso, aun cuando podamos amontonar palabras tras palabras en pos de un hallazgo interpretativo, el goce de la lectura directa de los cuentos de Pablo Dobrinin es una experiencia intransferible, que abre las puertas al misterio. Y lo mistérico, claro está, no se somete al sacrilegio del análisis.
                                                                            
                                                                                                   Pablo Márquez 







viernes, 9 de noviembre de 2012

Nueva reseña de Colores Peligrosos

La Revista en línea Tela de Rayón, acaba de publica una reseña realizada por Juan Pablo Cozzi de mi libro Colores Peligrosos.
Quiero dar las gracias a la revista y muy especialmente al escritor y crítico que se encargó de la misma.
http://www.teladerayon.com/Articulos/Articulo.aspx?id=56672

Colores Peligrosos, de Pablo Dobrinin


8.11.2012

Dobrinin ha logrado conquistar la poética del despliegue, eso que tiene el libro como objeto: para leer es siempre necesario abrir.

La literatura, como el color, entra por los ojos. Reinventa e interpreta la acústica del lenguaje a partir del contraste entre lo vacío y lo no-vacío.


Los colores son el modo en que nuestra percepción identifica las refracciones de la luz; delimitan, por lo tanto, particulares formas de ser de las cosas. Algo que Pablo Dobrinin demuestra saber cuando colorea sus cuentos como quien monta una escena pictórica.

Trabajando a conciencia la estructura simbólica de cada uno de sus cuentos, Dobrinin crea una narrativa inteligente y poética que me propone siempre un desborde: algo que extralimita el texto y su trama, implicándome en un entramado mucho más complejo cuantos más símbolos logren captar mis receptores lumínicos.

Los diez cuentos recopilados en Colores Peligrosos tienen, al menos, cuatro elementos en común: el sexo, la muerte, la pintura (y por extensión, la creación artística) y la trascendencia.

El tratamiento del sexo, como el mismo autor sostiene, es interpretado como vía de conocimiento, quizás por eso engendra momentos de una erótica oscura y fantástica que deja al alcance de la vista (y de las manos) esa punta de ovillo que permite destejer para buscar lo medular. Donde hay sexo siempre está pasando algo más, pero nunca algo de más.

Asimismo, la muerte, como la trascendencia, no son menos importantes ni menos eróticas,porque provocan desde la aproximación a ese otro lado, siempre sugerido, de la existencia. Un revés que no puede sino transmitirse en términos poéticos.

La creación artística, representada en la mayoría de los cuentos a través de las artes plásticas, es recurrentemente abordada como un universo a desplegar. Un intersticio desde el cual accedo al reino de lo fantástico, que es otro modo de hablar de la existencia.

Tal como lo expresa Elvio Gandolfo en el prólogo, Colores Peligrosos es el primer libro de un autor que tiene una larga trayectoria en publicaciones digitales en varios idiomas. Editado en 2011 por Reina Negra (La Plata - Argentina) y a la espera de una reedición en Uruguay, Dobrinin ha logrado conquistar la poética del despliegue, eso que tiene el libro como objeto: para leer es siempre necesario abrir.





Por Juan Pablo Cozzi




sábado, 3 de septiembre de 2011

Colores Peligrosos reseñado en La Diaria


En su prólogo a Colores peligrosos, el compilado de cuentos de Pablo Dobrinin (1970), Elvio Gandolfo reflexiona sobre las circunstancias del medio editorial local que ocasionaron que el primer libro de este autor se hiciese esperar tanto tiempo. “Estas líneas tendrían que ser, a esta altura, el prólogo al tercer o cuarto libro de Pablo Dobrin”, escribe, y es fácil estar de acuerdo con sus palabras. Porque Dobrinin comenzó a publicar en 1995, en la revista Diaspar, y a lo largo de la década y media que media desde que aquella revista (proyecto personal de Roberto Bayeto y Zalozábal originalmente, y luego de Bayeto y Claudio Pastrana) trató de convertirse en el momento fundacional del género en Uruguay, Dobrinin publicaría sus ficciones en revistas y antologías argentinas, españolas, francesas e italianas, en las que su nombre comenzó a resonar como uno de los practicantes más destacados de la ciencia ficción, la fantasía y la literatura fantástica en el Río de la Plata. El que en un contexto local su nombre fuese prácticamente desconocido (de hecho Dobrinin alcanzó un nivel más alto de visibilidad a principios de los dosmiles gracias a su participación en el comic pulp Balazo) podría, de todas formas, no sorprender. Y no sólo por las razones sugeridas por Gandolfo en su prólogo, sino, además, por la conocida actitud refractaria a la CF (especialmente a la CF que rehúye los modelos clásicos) y la fantasía de muchas editoriales locales, que todavía parecen incapaces de leer el género sin apoyarse en aparatos anquilosados de validaje como la apelación a lo alegórico –y en este sentido es memorable, por lo miope, el juicio del jurado en ocasión a la entrega del Premio Narradores de la Banda Oriental 2006, que obtuviera Pedro Peña con su compilado de cuentos Eldor. Es curioso, entonces (o no lo es para nada) que Dobrinin tuviese que publicar su libro en Reina Negra, una editorial de La Plata, Argentina, que trabaja con tiradas reducidas y mantiene una línea combativa e independiente, como si quedara claro que sin un discurso militante en pro de cierta manera de entender la literatura (y especialmente la literatura contemporánea) no pudiese ser viable la publicación de un libro con las características del de Dobrinin.
En Colores peligrosos hay ciencia ficción, hay fantasía y hay literatura fantástica, –entendiendo a la primera como la literatura de lo especulativo-posible, a la segunda como la literatura de los mundos ajenos al nuestro y a la tercera como la de las irrupciones de lo imposible o ajeno en el ámbito cotidiano–, pero a ciencia ficción de Dobrinin no se parece, por ejemplo, a la de Asimov, la de Philip K. Dick o la de William Gibson, su fantasía tiene poco que ver con Tolkien, LeGuin o Neil Gaiman y su literatura fantástica no sigue las pautas locales, sean felisbertianas o levrerianas –y en ese sentido quizá podría pensarse que se acerca más a la obra de Tarik Carson. Las fuentes de Dobrinin por momentos parecen configurarse alrededor del surrealismo o de cierto surrealismo, más los híbridos de ciencia ficción y fantasía practicados por autores como Gene Wolfe, Roger Zelazny o Lucius Shepard; una región importante de su escritura, además, se vincula íntimamente al cine de ciencia ficción de los años 70 y 80, al cómic, a la narrativa pulp y al gótico-bizarro, muchas veces filtrado por una cierta vocación autoficcional o memorialista, como en el cuento “El Regreso del Capitán Rayo”, por ejemplo, que se instala en un área intermedia entre la ficción pulp propiamente dicha y una lectura de esa tradición narrativa.


Imaginación, a secas
Quizá el mejor trabajo de este libro sea “El regreso de los pájaros”, uno de los ejemplos más claros del tratamiento particular que da Dobrinin a lo fantástico entendido como la contaminación de lo real por lo ajeno o incluso maravilloso. Este texto explora un clima gris y asfixiante, al borde del resquebrajamiento gracias a la exploración del mundo perdido de la infancia y a la irrupción en el mundo del protagonista de un extraño artista-perdedor que esconde un secreto deslumbrante o ridículo. El arte parecería obrar como mediador hacia cierta huída o apertura a lo maravilloso, idea que se reitera en “Los árboles de Isaac Levitan”, de construcción más tenue o estilizada.
Esa apelación al mundo de la infancia que mencionaba aparece con toda su potencia en el cuento “Las lombrices”, donde cierto erotismo kinky o bizarro latente en casi toda la ficción de Dobrinin se vuelve más visible. Una lectura de este cuento podría señalar que su tema es el mundo ficcional que se construye un niño jugando con tierra, lombrices y soldaditos, pero tanto ese mundo como el “real” (representado ante todo por la abuela del chico) conducen a la irrupción (quizá aquí opera otro de los principios de lo fantástico, el choque entre mundos, entre pautas de lo real) de un universo más adulto y no menos inquietante.
Dentro del área más plenamente incorporable a la fantasía quizá el trabajo más brillante del libro sea “Blue”. Ambientado en un mundo alternativo en el que el mundo está regido por una diosa viviente de miles de kilos de peso (y donde, por tanto, el ideal de belleza femenino es la obesidad), abarca varias vidas de un personaje llamado a comulgar con esa diosa en reiteradas ocasiones. Quizá lo más interesante del relato sea la manera de presentar los detalles de este mundo, con una gran economía de medios, y la facilidad con la que convence al lector de aceptar el paso de los siglos y las vidas diversas del protagonista.
El área más “inquietante” u ominosa, además de emerger en “Lombrices”, incluye al cuento “Luces del sur”, construido con una estructura similar a “El regreso de los pájaros”, es decir con una destrucción de lo real colocada a modo de explosión final o coronación al clima del relato. Los otros textos (con la excepción de “La película de Artaud”, quizá el relato más flojo del libro) pertenecen al área más asimilable a la fusión entre fantasía y ciencia ficción practicada por el mencionado Roger Zelazny. Un buen ejemplo de esa hibridación es “Los festejos del fin del mundo”, que combina una extraña tecnología destructora de mundos con faunos y mariposas que nacen de las entrañas de las mujeres. Por último, “Colores peligrosos”, la nouvelle que da título al libro, admite un buen número de lecturas, desde una extraña ucronía o mundo paralelo en el que el arte es la mejor de las armas en la revolución hasta un ajuste de cuentas con el mundo de las vanguardias y el arte contemporáneo.
Colores peligrosos se instala, entonces, en la difusa historia de la ciencia ficción y la fantasía uruguayas y se convierte en el libro más relevante que han producido hasta ahora en nuestro país esos géneros y la fusión entre ambos o los territorios intermedios que Dobrinin diseña con precisión. Pero dicho esto, es cierto también que Colores… no es un libro de ciencia ficción ni un libro de fantasía, sino de la mejor literatura especulativa o de imaginación, a secas. Y en ese sentido, será interesante a la hora de escribir una historia de esos géneros por estas partes del mundo (y Dobrinin acometió esa tarea hace unos cuantos años; el resultado puede leerse en la revista online Axxón) hacer notar como los escritores que surgieron en la década de los noventa o un poco antes (Dobrinin y Roberto Bayeto serían sin duda los dos más importantes) migraron hacia un enfoque personal, híbrido y en cierto sentido fuera de género. Colores peligrosos –armado seleccionando de un gran corpus de relatos publicados en revistas y antologías, lo cual lo convierte en el equivalente a un Greatest Hits– puede leerse como un testimonio de ese camino.

Reseña escrita por Ramiro Sanchiz (Publicada en La Diaria, miércoles 29 de junio, 2011)

sábado, 18 de junio de 2011

Colores Peligrosos















Estuvo muy buena la presentación de Colores Peligrosos. Muchas gracias a todas las personas que se hicieron presentes y me expresaron su cariño.
El libro se está vendiendo bien, y en Montevideo está casi agotado. Los poquitos ejemplares que quedan están reservados. Y hoy me entero que en Libros de la Arena está quedando un solitario ejemplar.
Pronto llegarán más ejemplares desde Buenos Aires y eso permitirá hacer una mejor distribución.
El libro ha tenido una buena acogida entre los lectores, por lo menos eso es lo que me han expresado algunos de ellos. Seguramente pronto saldrán las primeras críticas en distintos medios, mientras tanto, ya estoy trabajando en un nuevo volumen de cuentos. Pero tiempo requieren las cosas...

domingo, 22 de mayo de 2011

PRESENTACION DE COLORES PELIGROSOS


Queridos amigos: Los estoy invitando a la presentación de mi libro de relatos Colores Peligrosos, editado por Reina Negra. La cita es este sábado 28 de mayo en el Café La Diaria, a las 22 horas. Calle Soriano 770, entre Ciudadela y Florida.
La entrada es gratuita, y además de la presentación habrá música en vivo.

Colores Peligrosos es una selección de mis mejores relatos. La mayoría de estas obras ya fueron publicadas en revistas y antologías de Argentina, España, Italia y Francia; pero sin embargo todavía permanecen desconocidas para el público uruguayo.
Agradeceré mucho la presencia de todos!
Pablo Dobrinin

martes, 8 de marzo de 2011

Portada y Prólogo de Colores Peligrosos


Este es el dibujo de portada realizado por Augusto Montiel Belmonte. Y a continuación tiene el prólogo completo, escrito por el incomparable Elvio E. Gandolfo.
Prólogo a “Colores peligrosos”, de Pablo Dobrinin
Elvio E. Gandolfo

Estas líneas tendrían que ser, a esta altura, el prólogo al tercer o cuarto libro de Pablo Dobrinin. Incluso podrían ser mi segundo o tercer prólogo a uno de sus libros. El hecho de que sea en cambio el primero (tanto el libro como el prólogo), tiene más ventajas que desventajas. Gracias al famoso mecanismo de la así llamada “amansadora editorial” (al que fueron sometidos otros autores uruguayos que dejaron constancia, como Felipe Polleri), el primero, segundo, y tal vez tercer libro de Dobrinin quedaron inéditos.
Ahora aparece este primero y el efecto no puede ser más contundente. No tiene desperdicio. Los relatos se van sumando, distintos, con densidades varias, hasta construir uno de los primeros libros más sólidos aparecidos en los últimos años en el Río de la Plata. Su aparición, además, alegrará a quienes vienen siguiendo su nombre en publicaciones periódicas varias (en castellano, en francés, en italiano), a quienes hayan entrado en su muy peculiar blog, incluso a quienes hayan leído su extenso trabajo sobre la ciencia ficción y fantasía uruguaya online. Si sus dos o tres primeros libros podrían haber demorado en conseguir un público, este ya tiene un mínimo asegurado. El público crecerá ahora, aumentado por el boca a boca.
Nos conocimos hace una buena cantidad de años, a través de la librería donde él trabajaba, y pronto me pasó una cantidad de narraciones. Ya había algunos de los excelentes títulos de este libro. Por ejemplo “La venganza de los niños”, esa viñeta memorable, o “El regreso del Capitán Rayo”, ese relato esquinado, que usa de taquito los rasgos de la ciencia ficción para alzar entre líneas un muy entretenido y emotivo homenaje a la adolescencia y el pasado desaparecido, y a través del homenaje, al coraje personal en seguir manteniéndolos vivos. Es, en el sentido profundo de la palabra, un cuento de aventuras, donde el filo probable de la ironía queda ablandado y complicado por algo que no sería erróneo llamar “buena onda”.
El modo en que los cuentos y novelas cortas (en este caso “El regreso de los pájaros” o “Colores peligrosos”) muestran ese concepto de la “buena onda”, tan desmonetizado en los ambientes de la “intelligentzia”, aumenta su desmarque de las tendencias convencionales por la manera en que abarcan también “el espíritu” o “las otras dimensiones”. En algunos casos se cruzan, como ocurre en “Luces del Sur”, uno de los grandes relatos del libro, donde el erotismo decadente y hasta revulsivo parte de una situación de carencia (sin trabajo, sin mujer, sin lugar donde vivir) y culmina en una relación cuerpo a cuerpo de un nieto y una abuela. La actitud del que narra disuelve, sin dejar de reconocerlo, el componente del asco, por una parte. Por la otra, en un relato montevideano clásico podría tratarse de una sola vez, explicada hasta el hartazgo. Aquí, en cambio, la situación se repite mucho, y eleva a quienes ejercen esa energía insondable de la sobra, de la vejez deforme, del requecho, del deseo de hundirse alegremente en ella, y aprovecharla, en vez de rechazarla. Gracias a eso, aparece un costado final, de ascenso práctico y metafísico a la vez.
En el caso de “Colores peligrosos” Dobrinin usa otro tipo de herramientas. Decide armar una ciudad medio fantástica y medio real, donde las cosas abstractas (en especial el arte idem) tienen peso figurativo concreto, dividen la trama urbana en dos, y despliegan una guerra desatada. El que narra acá sigue teniendo los rasgos inquisitivos, aventureros, espirituales de otros relatos, pero la división entre bueno y malo, blanco y negro, se bifurca. El personaje animal odiado es reconocido sin embargo como un talento, un artista. Pero los impulsos propios (la violencia, la venganza, la herida afectiva) llevan a complicar la imagen cómoda de sí mismo.
Envuelto en ese tipo de relatos, aparece “La película de Artaud”, casi un texto experimental difícil, por el carácter inclasificable y esquivo del creador francés original. Más sutil y curiosa es la figura también real del pintor ruso Isaac Levitan, no solo promotora del relato donde figura su nombre, sino también de varios de los cuadros incluidos en el blog de Dobrinin. Pero sobre todo gestor, por su mero vigor o latido, de uno de esos escapes inexplicables y a la vez directos de la literatura fantástica.
Cualquier escritor más o menos competente de cualquier edad puede hacerse cargo de un relato más o menos legible de ciencia ficción. Pero cuando se trata del latido (mucho más que de la fantasía) de la literatura fantástica, el desafío se vuelve más difícil. Porque exige del que escribe una participación que incluye la experiencia, lo aprendido sobre los otros planos de lo real. En esos casos la parafernalia técnica o verbal pasa a segundo plano: se vuelve sencilla y calma para retratar ese salto al otro lado que está en tanto relato de Algernoon Blackwood, de Borges, de Arthur Machen, del primer Julio Cortázar. Ese aplomo para contar lo que parece incontable, para hacer que reverdezcan lo que parecen lugares comunes (el escape, la sensación de destino cumplido, el peso trascendente del pasado personal) aparece en su expresión más plena en “El regreso de los pájaros”.
Cuando acepté prologar el libro de Pablo Dobrinin, decidí releerlo completo, por las dudas. Pero mientras lo leía los cuentos volvían a proyectarse como la primera vez, nitidos y nuevos. Me admiraron la seguridad descriptiva, el sentido del humor más bien sonriente que agresivo, el coraje para enfrentar determinada temática “peligrosa” (en Uruguay, básicamente por lo que puedan pensar “los demás”). Querido lector (que de semejante o hermano mío no tienes nada), este libro te sorprenderá, te encantará al viejo estilo, o te hará pasar a sitios desconocidos. Siempre hacia adelante, con esa actitud de la primera persona de Dobrinin, que se analiza a sí mismo con rigor, que medita, pero todo mientras sigue su recorrido sin detenerse, con curiosidad, con deseo, con aventura y riesgo.

domingo, 27 de febrero de 2011

Colores Peligrosos

Este es el video promocional de mi libro de relatos COLORES PELIGROSOS Las ilustraciones son de Augusto Montiel Belmonte La editorial es Reina Negra