sábado, 8 de julio de 2017

nueva reseña de El mar aéreo publicada en el diario El País el 7/7/17




Cuentos fantásticos de Pablo Dobrinin
Imaginación y vértigo
Un raro entre los raros que se consolida



Foto Felipe Correa

Juan de Marsilio07 jul 2017
Hay una cosa que los lectores uruguayos casi no leen. "¡Literatura uruguaya!", podría exclamar alguno, no sin razón. Con más especificidad, lo que se lee muy poco es la narrativa fantástica y de ciencia ficción. Y es una pena, porque tiene varios exponentes de gran calidad, la continuación actual de esa tradición uruguaya de narradores "raros" que ya señalara Ángel Rama.
Uno de ellos es Pablo Dobrinin (Montevideo, 1970), más conocido en el extranjero que en Uruguay. Ésta colección de cuentos fantásticos, con un detalle de ciencia ficción en el que cierra el volumen ("Un jardín en Nueva Kybartai") es el segundo libro. Del primero, Colores primarios, también de relatos (Buenos Aires, 2012, Editorial Reina Negra) escribió Elvio E. Gandolfo, crítico muy versado sobre ciencia ficción y fantasía, que es "…uno de los primeros libros más sólidos aparecidos en los últimos años en el Río de la Plata."
Estas seis narraciones ofrecen variados atractivos. En "El bosque que crece por las noches", relato que abre el volumen, Dobrinin explora el tema del hombre maduro que se enamora de una joven, a pesar e incluso precisamente por su carácter. El detalle fantástico es el bosque aludido en el título. La entrada de la pareja al bosque está manejada con admirable suspenso. En este cuento el autor introduce un elemento que será clave en cuatro de estos seis relatos: el sexo.
En estos textos la sensualidad puede vincularse con la violencia, incluso extrema, y esa violencia puede tomar una dimensión de sacrificio, como ocurre en el cuento inicial en el que los amantes de algún modo se inmolan, uno en aras del otro. En relatos como "La sonrisa del ángel", "La visión del paraíso" o "El mar aéreo", la relación entre sacrificador y sacrificado es asimétrica y entraña una fuerte dosis de crueldad y egoísmo, sin perder un ápice de su sensualidad, que llega a lo fascinante. Puede haber, también, encuentros más inocentes, en el mejor y menos ingenuo sentido del término, como el que el protagonista de "La sonrisa del ángel" logra consumar con su amada.
Pero el mayor talento de Dobrinin es la imaginación, capaz de enhebrar a ritmo de vértigo paisajes, personajes y situaciones inesperables. Los mejores ejemplos de este aspecto son "Algunas cosas que vi en el desierto" y "La sonrisa del ángel". En el primero hay un perro metálico que acompaña a un bufón enano. En el segundo hay un descenso a lo que podría llamarse los infiernos, donde una descomunal serpiente va recibiendo bellas mujeres desnudas, cuyas mitades superiores se va tragando de un bocado… para dejar vivas a las inferiores que siguen desplazándose, cumpliendo tareas e incluso pueden ponerse de lo más violentas. Esta idea de ingerir a la hembra poseída aparece también en "La visión de paraíso", pero sin intención humorística.
En "Un jardín en Nueva Kybartai" el detalle de ciencia ficción es apenas ambiental: el cuento transcurre en Ganímedes, el satélite más grande de Júpiter y de todo el Sistema Solar que ha sido colonizado por los hombres. Pero el tema del cuento es metafísico: el vacío que nos deja la muerte del ser amado, en parte consolado solo en parte por la insegura esperanza de que la muerte pueda ser el pasaje a un ámbito de vida superior.
EL MAR AÉREO, de Pablo Dobrinin. Fin de Siglo, 2016. Montevideo, 226 págs. Distribuye Gussi.


lunes, 17 de abril de 2017

Críticas sobre El mar aéreo



Opiniones sobre "El mar aéreo" en la prensa uruguaya:

"Cada cuento tiene su clima propio y su historia, y todas y cada una de esas historias fueron increíbles. Yo no tenía idea de que me iba a encontrar con un libro que fuese tan imaginativo; esperaba alguna historia de algún pueblo y algún misterio, y nada que ver, fue una grata sorpresa encontrar todos esos colores y cosas sin explicación, que aparecían de la nada y te daban vuelta la cabeza. Ni siquiera sabía de qué trataba, y en la primera página ya supe que me iba a gustar."
"Un libro excelente que les recomiendo ampliamente". (Reseña de Diego Di Lorenzo en "Lectores de Uruguay" el 15 de enero del 2017).

"Seis cuentos que transportan. La realidad es demasiado aplastante y hasta perversa como para aceptarla, y para ello el mejor antídoto parece estar en alguno de estos cuentos. Personajes ingeniosos, freaks a contracorriente y un montón de provocaciones invitando a ver más allá. A no resignarse con el devenir aplastante de la comodidad aparente por la que todo pasa. Dándole al lector las mejores armas, para lograrlo y llevarlo a un mundo increíble, donde todo puede pasar, y donde la música y la poesía se entrecruzan en un baile inagotable.
Desde el arranque, este libro – que comienza con el cuento  el bosque que crece por las noches – ya destila  una sensibilidad literaria que nos lleva a latir aceleradamente. El cuento que da título al libro – “El mar aéreo” – es el mejor corolario para un libro en el que nunca se sabe que hay atrás de la nueva página por leer. Y eso, en una literatura que sorprende cada vez menos, es un hecho mayúsculo." (Reseña de Ibéro Laventure en Plataforma Cultural Granizo, el 27 de enero de 2017).


"...un autor probado, experiente, un escritor sólido." "...estos seis relatos de El mar aéreo son una puerta a otros tantos mundos, pero son todos juntos además la entrada al mundo de Pablo Dobrinin. Un mundo que lleva años existiendo y desarrollándose pero por vez primera abre uno de sus vórtices, portales o entradas en Uruguay. Ojalá sea abran más." (Reseña de Rodolfo Santullo en Brecha el 12 de abril de 2017).


miércoles, 23 de noviembre de 2016

El mar aéreo

Ya entró en imprenta mi nuevo libro: El mar aéreo.

Incluye seis relatos: El bosque que crece por las noches, Algunas cosas que vi en el Desierto, La visión del Paraíso, La sonrisa del ángel, El mar aéreo, y Un jardín en Nueva Kybartai.

Está editado por Fin de Siglo.
La ilustración de portada es de Augusto Belmonte.



sábado, 12 de septiembre de 2015

Tres ediciones de Colores Peligrosos




Mi libro de relatos Colores Peligrosos ya tiene tres ediciones: una argentina (2011), una uruguaya (2012) y ahora una eslovena (2015).

jueves, 26 de septiembre de 2013

Arte en los bosques

Laura Paggi: La belleza que resiste

Laura Paggi nació en Buenos Aires el 22 de septiembre de 1967. Es docente de Nivel Inicial, pero no ejerce porque descree de la educación formal y la escuela como institución. Asistió al taller de artes plásticas de la profesora Claudia La Banca y a muchos seminarios sobre dibujo, pintura y escultura. Desde 2013 imparte cursos de plástica para niños y adultos en el taller de Roxana Rignola. Participó en muestras individuales y colectivas en galerías y museos de San Telmo, Palermo, Recolecta, Barracas y La Boca. Ha ilustrado relatos para distintos medios, entre los que se destaca la revista Axxón. A la hora de escoger los materiales, le gusta experimentar y arriesgarse. Lápices, óleos, acrílicos, acuarelas, papeles, telas, arena, enduido, tintas, y hasta café pueden servir a sus propósitos. Tiene preferencia por los colores deslumbrantes y su estilo oscila entre el abstracto y lo figurativo naíf. Sus trabajos se pueden apreciar en: http://laurapaggi.blogspot.com


Más allá de la búsqueda continua y a menudo aventurada, lo que define el estilo de Laura Paggi es una actitud vital y una marcada tendencia hacia la espiritualidad y la belleza. Hay una energía positiva que intenta abrirse paso en el mundo. Su poética se construye con una simbología que precisamente apunta a eso: pájaros, peces, plantas en germinación, flores, mariposas. Todos símbolos espirituales o de transformación. Lo interesante además es que tanto los pájaros como los peces o la naturaleza, no son simples manifestaciones de vida, sino metáforas de lo humano, de su capacidad para crecer y trascender. Incluso, cuando aborda el erotismo, Paggi también lo hace desde una perspectiva espiritual, razón por la cual, en la representación de los cuerpos, generalmente estilizados, suele utilizar mayoritariamente el color azul.




 "Genitalidad compartida", óleo y acrílico sobre madera, 1 x 1,20 m.   
Imágenes de lo invisible
 
Los trabajos abstractos de Laura Paggi, al liberarse de las formas convencionales, consiguen hacer visible lo inexpresable, los movimientos del espíritu. En "Reconstrucción de un alma", el alma, visualizada en azul (espiritualidad) aparece como una figura humana desarticulada, en construcción. El fondo rojo que indica dolor, y la estructura con forma de cruz del fondo, promueven la idea de sacrificio. Los colores empastados y las líneas rotundas apuntalan la idea de que esa reconstrucción es trabajosa. "Esenciales núm. 1" es una imagen onírica, una explosión de rojos y amarillos, que no pasa por el filtro de la conciencia, que nos muestra el mundo tal como es y no como lo vemos habitualmente. Algo similar ocurre con "Cosas", pintadas con café, una serie de botellas con los bordes difusos. Podríamos definir a la realidad como una sustancia gaseosa que no tiene una forma definida, y que puede acomodarse en botellas de distintas formas o tamaños. Las botellas son los esquemas mentales que nos permiten segmentar y visualizar una realidad que es indivisible, que responde al principio de unidad de lo creado.


 "Cosas", pequeño formato, pintado con café sobre papel.
Pájaros y Peces

Los pájaros, considerados por su cualidad dual, terrestre y aérea, mensajeros o emisarios del más allá, están presentes en varios cuadros. En el "El corazón de los pájaros" (inspirado en un cuento de donde las aves son una metáfora de los recuerdos), Paggi trabaja con imágenes esquemáticas de aves, y valiéndose de líneas curvas sugiere la idea de retorno. En "Pajarillos al alba" las aves salen de la cama, como si representaran la inspiración o las palabras que los poetas logran atrapar en el momento del despertar. "Pájaro urbano" muestra que esos pájaros pueden sobrevivir en la ciudad, de hecho aparecen integrados al paisaje geométrico. "En nido de pájaros", es muy claro que Paggi remite a lo humano. El nido tiene un color orgánico, sanguíneo. Para sugerir la vida, el movimiento, la circulación, la artista ha empleado una acuarela diluida que convierte al nido en un centro vital. "Anudando pájaros" es decididamente abstracto, los pájaros ya no tienen una forma reconocible, y esto ocurre porque Paggi ya no pinta su forma, sino que, con colores fuertes y luminosos, comunica su cualidad esencial.



 "Pájaro urbano", óleo y acrílico sobre madera, 1 x 1,20 m.

Los peces, a menudo llamados los "pájaros del mar", representan la intuición y el inconsciente, las posibilidades ocultas de la psiquis. Son también símbolo de espiritualidad, ascensión y fecundidad. "Desove tropical" muestra peces que van y vienen, entre el sol y el amanecer, reafirmando la circularidad de la vida. Los lápices de colores aportan la necesaria calidez al tiempo que con sus matices logran un efecto de luz de impactante belleza. Las escamas no tienen el dibujo habitual, han sido sustituidas por círculos que sugieren la posibilidad latente de desovar. En este cuadro, como en muchos otros, las figuras (peces en este caso) aparecen integrados al fondo, porque la artista tiende a considerar la unicidad del universo, a la vida como a un todo. En "Viaje al interior de uno", suerte de exploración íntima, las formas son geométricas, abstractas, lo que resulta una decisión acertada cuando se trata de representar lo intangible o irrepresentable. La única forma más o menos reconocible es la de un pez, que parece ser el sujeto del viaje. "Gasterópodo", en tanto, bellamente iluminado por resplandores marinos, se erige como un símbolo de las profundidades.


      "Desove tropical", lápices de colores sobre papel, pequeño formato.



  "Gasterópodo", témpera y lápiz sobre papel, pequeño formato.


La semilla

La fuerza de la primavera fue trabajada por la artista en una serie titulada "Ínfimas" que incluye cuadros como "El manzano", "imagen de primavera", "insectívoro y vegetal", "profundidades rocosas", "secreto de primavera", "semillero escondido", "tótem subterráneo", "vertebral", etc. En "Sangre tierra", la composición en forma de "s" que se adelgaza y se proyecta hacia el extremo superior del cuadro, y los colores líquidos, logrados con un acertado empleo de las tintas, transmiten la fuerza y frescura de la naturaleza. El color sanguíneo refuerza el concepto de que estamos ante una metáfora de la capacidad regeneradora del ser humano.


 "Sangre tierra" (de la serie Ínfimas), pequeño formato, tintas y acrílico sobre papel.



 "Tocando el cielo" (de la serie Ínfimas), pequeño formato, tintas y acrílico sobre papel.


Laura Paggi creó la serie "Ínfimas" mientras era voluntaria en el centro cultural del hospital Borda, un importante neuropsiquiátrico de la ciudad de Buenos Aires. Allí, junto a un grupo multidisciplinario de plásticos, músicos, actores, clowns y fotógrafos, se dedicaba a compartir el día con los pacientes, en actividades lúdico recreativas que se realizaban en los jardines de la institución. Es interesante considerar que estas nobles tareas, absolutamente honorarias, se llevaban a cabo mientras el Gobierno de la Ciudad intentaba destruir los talleres de capacitación, los jardines y todas las instalaciones del centro cultural. Los enfrentamientos fueron crudos, de un lado los artistas, los profesionales de la salud y hasta los pacientes que intentaban preservar un espacio; del otro la Policía Metropolitana armada con cachiporras, escudos, gas lacrimógeno y balas de goma. Decenas de personas fueron brutalmente agredidas y tuvieron que pedir atención en el propio hospital. El conflicto aún no ha terminado. Sin importar lo que ocurra, una cosa es segura: los gobiernos y las administraciones pasarán, pero las obras, como las de Laura Paggi, quedarán como un testimonio de vida y resistencia pacífica frente a la prepotencia del poder institucional.

Pablo Dobrinin

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Nuevo cuento

Mi relato "Algunas cosas que vi en el Desierto", fue publicado en el número 246 de la revista Axxón:
http://axxon.com.ar/rev/2013/09/algunas-cosas-que-vi-en-el-desierto-pablo-dobrinin/

Seguramente sea parte de mi próximo libro de relatos. La hermosa ilustración es de Adrián Ruano.

lunes, 26 de agosto de 2013

La sombra quieta de la letra F




La sombra quieta de la letra F, Andrés Echevarría, Melón editora, 68 páginas, 2012, Argentina.

Andrés Echevarría (1964, Cerro Largo, Melo), ha incursionado con éxito en diversos géneros. Participó como antólogo, prologuista y ensayista en libros sobre Juana de Ibarbourou  y Jules Laforgue. Su obra dramática incluye: “La Historia en dos cuerpos” (1992), “Homenaje al espejo” (1993), “Sonorama” (1994), “ZZZZZ...” (1995), “El re dio la nota” (1998) y “Cuando la luna vuelve a su casa” (sobre la vida de Laforgue, 2012, Primer Premio Municipal Juan Carlos Onetti). En narrativa escribió “Los árboles de piedra” (2008). Es autor de los poemarios: “Señales elementales” (2006), “La sombra de las horas” (2009), “La plaza del Ángelus” (2011) y “La sombra quieta de la letra F” (2012).


“La sombra quieta de la F” es una antología poética: de la página 9 a la 14 son inéditos, de la 15 a la 28 hay una selección de La plaza del Ángelus (Yaugurú, 2011), de la 29 a la 39 de La sombra de las horas (Estuario, 2009), de la 40 a la 53 de Señales Elementales (Artefato, 2006), y de la 54 a la 64 inéditos nuevamente.
Más allá de los años que van del primero al último poema, y de que encontremos verso libre, alejandrinos o sonetos, lo que queda claro en esta selección es que su autor ha sabido mantener una identidad a través de los años. Echevarría es el poeta del misterio que habita en los espacios cotidianos. Existe otra vida, otro mundo, y está muy cerca de nosotros.
“La sombra quieta de la letra F” es el título de uno de los poemas, y como es lógico  proporciona una de las claves del libro: “cuando el último acto sea el intento/ de interpretar las cosas y decirlas/ la historia de bocas que se cierran/en la piel recorrida que se apaga/se posará en un sitio inexplicable/la sombra quieta de la letra f/y entre los árboles de algún espacio/encontrará la senda y la palabra”. Hace referencia a la palabra que espera, a la posibilidad cierta y cercana del hecho poético. La poesía debe buscarse de un modo natural, sin la violencia de los artificios. Lo que importa es vencer las resistencias, porque únicamente de esa forma las puertas se abrirán.  Echevarría es un peregrino humilde y honesto, su estilo es diáfano y ligero. Hay buenas imágenes, no pomposas pero sí efectivas, una técnica aplicada, y un ritmo sosegado, de modo que fondo y forma se corresponden con acierto.
Hay que estar predispuesto para el conocimiento, y no perder de vista que el lenguaje es una herramienta limitada. La palabra, señala el poeta, es de “rústica forma inconclusa”, “es una guarida que espera en el inconsciente”, “es un error que no puede subsanarse”. Es un bosque cubierto de sombras “con el mar del otro lado, donde no hay huellas del hombre”. La palabra es entonces una aproximación,  aunque imperfecta, a la eternidad. Puede sugerir, acercarse, pero nunca llega a penetrar el último misterio, porque tiene las limitaciones del hombre. Y sin embargo, nada hay más humano que esa búsqueda incesante. “Fracciones”, el último poema del libro, recuerda que en su viaje, el poeta apenas logra rescatar una parte de la totalidad: “parte de palabra”, “parte de libro”, “parte de voz”, “parte de cielo”, “parte de espejo”, etc.
A veces es el silencio (como sucedía sobre todo en La plaza del Angelus) el portador de las revelaciones, e incluso la oscuridad: “el silencio de la luz de mi lámpara/que alumbra nuevamente mi lectura”. Porque el texto que nos interpela no es un libro, sino el mundo; y el hecho poético no está en los libros, en lo escrito, sino en la comprensión y la comunión con los elementos.
Para Echevarría el punto de partida puede ser lo que ocurre en una plaza, la vereda que guarda el recuerdo de unos pasos y de una vida, la lluvia que “multiplica pensamientos” o algo tan trivial como el desplazamiento de un insecto: “la hormiga se desplaza al fondo blanco/ bajo el sol de un mediodía se escapa/ por la cuerda de la ropa a los pretiles/ en el surco imaginario de las formas/ a los límites desiertos de un espacio/ a los detalles exentos de importancia”. El espacio acotado es la puerta al macrocosmos. Ve en lo cotidiano lo trascendente: “…a la sombra que cubre esta mañana/a la brisa que sopla en su temprana/agonía de todo el universo”. Otro ejemplo de los muchos que podría citar: “un árbol frente a mi casa/que fue girando el cosmos en su columna”.  Un instante, un silencio o un movimiento de apariencia insignificante se convierten en puentes aéreos.
Sin embargo, el hecho de ver lo que otros no ven, no significa necesariamente que esté despegado del mundo terrenal, sino que la visión se amplía. En el poema “El mar/ acúfeno de los desaparecidos”, el poeta señala con tenebrosa belleza: “horror sobre la playa los tres muertos del agua/ es uno el que se hamaca entre las olas sin rostro/ el otro lava el nombre y se disuelve en la arena/el último ha quedado en caracoles impreso/ y suelta su silencio como un pez sin destino/ en unos cuantos años llamarán a la puerta/ del rudo que en alambres maniató tres caminos/y el mar tendrá tres rostros y tres nombres tres voces”. Es admirable el ritmo de esos versos; transmiten la emoción que provoca la  contemplación del mar, y sobre el final, el oleaje parece acelerarse para anticipar un destino ineludible.
 “La sombra quieta de la letra F”, esta antología bellamente editada por Melón, deja en claro que Echevarría se ha ganado su lugar bajo el sol.

                                                                                Pablo Dobrinin
(publicado en La Diaria el 21 de agosto de 2013).