domingo, 12 de diciembre de 2010

La Película de Artaud






...aprende las voces terribles que anudan la vida con la muerte, y luego, para los sordos, da un paso al frente, transmite el mensaje, hace una reverencia, saluda y se va.

...como un diente flotando en el aire muerto. Los labios finos y apretados, la mirada desconfiada. Con esa cara de luna en retroceso y esas manos tan humanas y vacías, avanza imperfecto Antonin Artaud. Con un efecto de film en blanco y negro, con el ruido del proyector, lleno de rayas y soledad. Antonin Artaud gira, se pone de cabeza, se desdobla, y pronuncia las palabras que leyó en las letrinas de los sueños.

A lo largo de su existencia, Antonin Artaud participó como actor en numerosas películas. Pero es preciso aclarar que sólo lo hizo con el propósito de ganarse el pan. Nunca se sintió plenamente conforme con sus papeles y casi siempre estuvo ajeno a esas obras. Por eso hemos creado esta película, en la que Antonin Artaud se representa a si mismo. Es lo justo. Es lo menos que podemos hacer por un hombre de su talento. Se lo debemos: por todo lo que nos enseñó a propósito de la poesía, el teatro, y la vida misma.

Nada es fácil. Siempre hay un precio. Antonin Artaud y el jardín del dolor. La primera vez que saltó hacia esa luz blanca pensó que era la muerte. Pero debió volver a ella, conducido por los enfermeros del Hospital de Rodez. Y ahora tenemos aquí esa luz blanca, en todo su cuerpo y toda su alma. Antonin Artaud, sumergido, atrapado en una flor de luces crispadas. Vuelve a saltar, sin entender la razón (porque no existe ninguna), con todo su dolor y su miedo.

..su cara blanca como una luna de río, así de fría y callada.
Pero ahora avanza imperfecto Antonin Artaud. Con un efecto de film en blanco y negro, con el ruido del proyector, lleno de rayas y soledad. Antonin Artaud sube la montaña. Avanza imperfecto pero empecinado. Sube, sube, hasta sentir las voces del aire, del viento y de la hierba.
Es hermosa la vista en el país de los Tarahumaras; dejemos aquí un rato a Antonin Artaud. Para que reafirme su posición de que nuestro mundo no es el real. Para que tenga la ilusión de que puede recuperar algo que se ha perdido hace muchísimo tiempo. O simplemente para que descanse de la Civilización.

Volvemos a los enfermeros, los médicos, los electro-choques. Eso debe funcionar muy bien. Con cada electro-choque aparece una luz blanca, que está acompañada de un efecto sonoro. Es algo impactante. Después de cada electro-choque dejamos de filmar el cuerpo exhausto de Antonin Artaud y pasamos a otro momento. La luz blanca es una suerte de nexo entre las distintas escenas.

...atrapado por las corrientes del dolor que surcan el espacio. Sin saber que busca un consuelo que tal vez nunca llegará, ahí va Antonin Artaud, con las blancas manos abiertas como estrellas, con los cabellos duros y descoloridos, con la cara irreprochable del verdadero padecimiento, ahí va Antonin Artaud, como un misterio al margen de la Historia. Atrapado por las corrientes del dolor que surcan el espacio, sin saber cuál es la meta de ese viaje tan frío, avanza imperfecto Antonin Artaud, mientras suena una música de cráneos golpeados con un fémur.

Es Antonin Artaud. Puedes reconocerlo por esos ojos que miran la parte de atrás de las cosas, y por esas manos que se mueven constantemente, pero inútiles. Es Antonin Artaud. Puedes reconocerlo por ese extraño modo de caminar. Parece que tuviera una pequeña cojera. No me importa si Antonin Artaud cojeaba o no cojeaba. Necesitamos mostrar que es un hombre enfermo, así que en esta película él debe cojear, aunque tenga que partirle una pierna.

No olvidemos a su novia. Génica. La única mujer a quien amó, según afirman sus biógrafos. Esta es la idea que tengo: Antonin Artaud sueña con una mujer que le crece por las noches, se insinúa, se aleja, regresa...Se mete en todas las habitaciones de su mente, inclusive en aquellas que él ni siquiera sospechaba que existían. Y luego, por las mañanas, Antonin Artaud se despierta con una sensación de vacío, y un olor a flores que no son de este mundo.
Después Antonin Artaud conoce a Génica. Al principio él cree que es la misma mujer de sus sueños, pero luego se da cuenta de su error. Antonin Artaud se había enamorado de una mujer ideal, que habita en otra dimensión distinta a la nuestra. Es lógico, porque ninguna mujer de este mundo puede llegar hasta Antonin Artaud, que está excluido de la vida. Génica le dice que deje la droga, que abandone el opio, y él insiste en que es esencial para su existencia. La relación no funciona. Se dejan de ver. Él se considera traicionado.

Antonin Artaud se encuentra frente a un teatro. Paga la entrada e ingresa. Está lleno de espectadores. Camina hacia el escenario, que está iluminado con una luz íntima. Allí encuentra a Génica, acostada en una cama antigua, rodeada de tules. Él se inclina hacia ella, con intención de besarla. En el momento en que los labios se tocan, Antonin Artaud siente un dolor agudo en el costado. Ella se incorpora, sonríe, y deja ver el puñal que tiene en una mano. Antonin Artaud se mira la herida, gira para que veamos su rostro, y cae muerto al piso. La sangre mana de su cuerpo. El público se para y la sala estalla en aplausos. Maravilla.

Podemos imaginar un encuentro entre Antonin Artaud y el montevideano, el conde de Lautréamont. Antonin Artaud ve al señor conde. El conde está vestido con un sobretodo verde, sentado a un piano de cola, sobre un risco, nada menos. Entonces el conde empieza a aporrear las teclas con sus manos enfermas, y de la boca del piano salen pájaros de colores que se devoran entre sí. Luego Antonin Artaud y el conde se dan la mano. Y Antonin Artaud come un pájaro bajo la luz de la luna.

Una lujosa mansión. Un jardín de rosas, esculturas, escaleras de mármol, sirvientes, muebles muy finos, una enorme araña colgando del techo. Una docena de comensales, vestidos con smoking, están sentados a la mesa. Apenas empiezan a a comer, la puerta de casa de abre con estrépito e irrumpen André Breton, Paul Eluard, Robert Desnos, Benjamín Péret y Antonin Artaud. Parecen dispuestos a todo. Llegan hasta la mesa y le tiran los platos a la cara a los distinguidos caballeros. Hay un gran desorden, golpes de puño, un baile arcano sobre la mesa, y una proclama en una lengua desconocida. En el momento de mayor descontrol entra una mujer vestida como un pájaro, tocando un bombo. El anti-clímax lo proporciona el propio Antonin Artaud: se corta una mano y la coloca en una bandeja. Robert Desnos, que se ha quedado dormido, está colgado como un murciélago de la lámpara, y recita versos en voz baja.

Antonin Artaud y Vincent Van Gogh se encuentran en el filo luminoso de una flor. Hablan entre sí. Pero nadie puede entender lo que dicen. Cada vez que se comunican la película se queda sin audio. Sí, porque de alguna manera debemos sugerir que ellos están separados de este mundo. Solo vemos a dos personas que se miran, hacen algún gesto y mueven los labios.

El doctor Ferdière está a cargo del hospital de Rodez. Es una relación muy especial, porque el médico intenta proteger a Antonin Artaud, lo estimula a escribir, lo invita a comer a su propia mesa, lo trata como a un amigo, pero no deja de aplicarle electro-choques. Ferdière es una síntesis del bien y del mal, como las dos caras de una moneda. Por eso Antonin Artaud lo mira y le dice: doctor, usted es un gran actor en el Teatro de la Crueldad.

Antonin Artaud se considera el portador de una misión divina, sostiene que la humanidad debe volver al cristianismo de las catacumbas. Asiste a misa con el capellán del manicomio, y es apreciado por los buenos ciudadanos. Pero sólo por un tiempo. Después Antonin Artaud se observa en un espejo. Afirma que ha sido víctima de una posesión. Se disgusta, se enfurece, y con sus propias manos se arranca la piel a tirones, para que salga la luz.

Sería tonto no explotar al Antonin Artaud profeta, al autor de las Nouvelles Révelations de l´Etre. Antonin Artaud predice que las masas volverán a caer bajo el yugo, y que sobrevendrá una gran destrucción producida por el fuego. Quiero escenas de destrucción, una música que sea un llamado al caos, un soberbio desfile militar, y una multitudinaria orgía. Heliogábalo puede pasar al principio, y volver después, con una vestimenta más actual.

Es imperioso que tomen bien el rostro de Antonin Artaud. Y sobre todo sus ojos. Los espectadores tienen que ser capaces de ver que en esos ojos hay una flor pisoteada, una vaca muerta, un temblor del Cielo y de la Tierra, un olor a libros destruidos por la humedad, un reflujo de odio silencioso, y un montón de palabras que no pueden escribirse ni escucharse.

Un poco más de electro-choques. Luz Blanca. Seductora como una flor. Bella como una leche envenenada. Siempre la Luz Blanca. Es lo mejor que podemos hacer.

Es momento de mostrar el exceso de lluvia en el estanque de los corazones, las cosas que aparecen quemadas o rotas, las manchas que deja la soledad, el hollín de sueño entre los dedos, las rayas amarillas del tiempo, la paz del humo, las palabras atrapadas en el momento de despertarse, la mano que dibuja en el aire, la cama que remonta el río del tiempo, el agua que el balde recoge en las profundidades del aljibe, los trenes fantasmales que a su paso iluminan los campos dormidos...

Hay una llanura infinita. Antonin Artaud está solo. Suena una música que es como una puerta abierta al mar. Antonin Artaud no dice ninguna palabra. Pero se mueve y se mueve. Un espantapájaros liberado. Se mueve. Gira. Baila. Un enamorado de la vida y de la muerte. Baila. Es el triunfo de Antonin Artaud. Se expresa. Es su cuerpo el que habla y el que dice todo aquello que no se puede decir con palabras. Canta con su cuerpo. Y Antonin Artaud deja de estar perdido en la llanura y se transforma en lo único importante. Con esa imagen de fondo comienzan a "caer" los créditos de la película...y fin.

Bien. Ya todos saben lo que vamos a hacer...así que no perdamos más tiempo. Traigan a Antonin Artaud y empecemos con esto.
Ahora.
No me importa si no quiere levantarse. Desátenlo y tráiganlo.
Limpien su rostro. La sangre de sus labios. No está tan mal, después de todo. La Policía del Tiempo ha logrado recuperarlo bastante bien.
Vamos, vamos.
Injértenle el chip con el guión.
Eso es.
Todo listo...
Luz...
Cámara...
¡Acción!


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El dibujo: Autoretrato de 1947
La foto: Artaud visto por Man Ray

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Camino Largo (Segunda parte)


A principio de año me refería al esfuerzo ("el camino largo") que había hecho para poder editar un libro de relatos en mi país. Primero estuve años publicando en revistas de Argentina, España, Italia y Francia, y sólo después, con esa experiencia, decidí llevar una antología de mis cuentos a una editorial uruguaya. En ese momento escribí en el post: "después les contaré si el camino largo sirvió de algo".
Pues bien, ha pasado bastante tiempo, y ya les puedo dar una respuesta.
Dejé el material en una editorial, al mes me contestaron que no habían tenido tiempo de leerlo, pero que los llamara en quince días, luego en 20, luego dentro de un mes, etc., etc.. Otro día me dijeron que ya habían leído los tres primeros cuentos, y que les había interesado, y me pidieron que se los dejara para seguir leyendo. Al cabo de tanto esperar y esperar y de tenerme en vueltas, no terminaron de leer el libro. Me reiteraron que les interesaba y que querían terminar de leerlo, pero para ese entonces me calenté, recogí mis cosas y le dejé dicho al lector que se jubilara. Habían pasado ocho meses. En ese intervalo seguí publicando en Francia, Italia y Argentina. Un buen día, me llega la noticia de que un editor había escrito -en su blog- el siguiente post:

"A la literatura fantástica le falta un libro
Y es un libro fundamental.
No tiene título, al menos que yo sepa, pero contiene cuentos como "Los festejos del fin del mundo", "Blue", y otras grandes máquinas de compleja producción narrativa.

Pablo Dobrinin, el autor de estos relatos, es bastante conocido en el mundo del sci-fi y literatura fantástica. Lo publican seguido en diferentes revistas como Cuasar, Próxima, e incluso ha sido traducido a otros idiomas, para revistas o antologías editadas en Europa. Es un caso único: un autor respetado y hasta laureado en ciertos foros de quien las editoriales no terminan de hacerse eco. Ahí es cuando uno piensa "bueno, Saramago no empezó a publicar hasta que tenía como 40 años" y se queda un poco más tranquilo pensando que tarde o temprano la deuda será pagada.

Porque, dueño de una prosa única, Pablo nos debe a todos un libro. El panorama de la literatura fantástica actual estará incompleto mientras tanto.

Pablo Dobrinin en Otro Cielo:

Los festejos del fin del mundo (#6)
La venganza de los niños (#9) "



El autor de este post es Juan Manuel Candal, editor de la revista Otro Cielo. Una semana después, más o menos, también en su blog, anuncia que va iniciar un emprendimiento editorial. Poco después me invita a publicar un libro de relatos en su editorial, que se llama Reina Negra.
Acepté, porque, aunque se trata de una editorial pequeña, Candal siempre apoyó a los escritores, nunca se interesó en lucrar con el trabajo de otros, y es un tipo honesto. Prefiero eso a cualquier editorial de renombre dirigida por un pelotudo. Confirmado: poco importa que el camino realizado sea corto o largo si del otro lado del mostrador hay alguien que no tiene el mínimo respeto por los autores. Lo que vale, lo que realmente importa, es que existan tipos como juan Manuel Candal, que viven la literatura con pasíón, y cuando algo les interesa están dispuestos a jugarse por ello. Da gusto editar con personas así.

La pintura de este post: Rayo de luz en el Bosque", de Véronique Puvilland.

domingo, 5 de diciembre de 2010


Esta es la preciosa ilustración que Augusto Montiel Belmonte realizó para mi cuento La Visión del Paraiso, publicado en el número 8 de la revista Próxima.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Próxima 8 ya está a la venta

Gacetilla




Salió PROXIMA 8 - PRIMAVERA

“Este número de PROXIMA, con el que completamos el segundo año de la revista, está dedicado al temor a lo desconocido.
Siempre está presente, siempre nos acecha, desde su forma más primordial y hermanadora hasta la que se presenta atomizada detrás de los desafíos personales.
Pero enfrentarlo, sobreponernos a sus limitaciones y afrontar el riesgo, es lo que nos impulsa hacia adelante.
Es lo que nos permite trascender.”

ediciones ayarmanot



EN ESTE NÚMERO CONTIENE:

Cuentos de:
Luis Saavedra
Miguel Sardegna
Pablo Dobrinin
Ricardo Giorno
Hernán Domínguez Nimo


E ilustraciones de:
Pedro Belushi
Augusto Belmonte
Leandro Maglione
Víctor Bertero
Adrián Ruano
Fraga


Tapa de: Guillermo Vidal




ADEMÁS:
Editorial
Entrevista a: ALEJANDRO FARÍAS
Historieta Completa: PERFECTA, de Alejandro Farías y Leo Sandler
Correo de lectores
Ondas Fraguianas


PROXIMA
ISSN 1852-9127
Año 2 – Nro.8 – Diciembre 2010
Dirección: Laura Ponce
Diseño : Bárbara Din
Logística: Martín A. Ramos
Correo y Colaboraciones: edicionesayarmanot@yahoo.com.ar
Blog: http://revistaproxima.blogspot.com/


Todos los números están disponibles en MercadoLibre
http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-94764101-ciencia-ficcion-revista-proxima-todos-los-numeros-_JM

jueves, 25 de noviembre de 2010

Nuevo cuento en Próxima



La genial revista Próxima publicará en noviembre mi relato: "La Visión del Paraiso". Aquí pueden ver un adelanto de la revista, y la tapa.

Cuento en Revista Otro Cielo


El número 9 de la excelente revista literaria on-line Otro Cielo publicó mi cuento "La Venganza de los Niños". El contenido de este número es el siguiente:

Entrevista a Rodrigo Fresán
Minirepo: Fernanda Trias

Cuentos de
Liliana Colanzi
Pablo Dobrinin
Santiago Exímeno
Daniel Flores
Federico de los Santos
Simón Parra
Marcos Bertorello


Notas exclusivas de la edición
completa en PDF:


¡Nueva sección!
La exhibición de atrocidades, por Ramiro Sanchiz
Literatura: reseña de "Diez" de Juan Emar
Personajes desempleados, por Noe Sancho
Anverso y reverso, por Horacio Cavallo
El diario íntimo de la norma, por Daniel Flores
El evangelio musical del Sr. Tow
La persistencia de la memoria, por Marcelo Metayer
AnaCrónica
GPS: Petra

martes, 23 de noviembre de 2010

Los Hijos del Viento













Cansado de oír fantásticas historias, que iban modificándose según quién las relatara, decidí trasladarme a Limeria, para ver con mis propios ojos lo que sucedía en esas tierras.
Navegué durante más de un mes desde el viejo continente, y pese a algunas demoras, impuestas por las tormentas, llegué a tiempo para presenciar el extraordinario acontecimiento.
Me alojé en la casa de Germán, el líder de los limerianos, y una semana después de mi arribo pude asistir al esperado evento, que tuvo lugar en un valle, donde el arroyo de los leones alados hace un recodo antes de abrirse paso al océano.
Esa mañana el cielo anunciaba tormenta. Decenas de hombres, mujeres y niños bajaban de las verdes colinas. La gente del lugar vestía ropas de campesinos, cazadores o artesanos, excepción hecha de las madres de los niños desaparecidos, que lucían vestidos blancos. Costaba imaginarse que ese pueblo, antes tan dado a las fiestas y los bailes, era el mismo que ahora ofrecía esos rostros de gravedad.
Algunos hombres exhibían cicatrices que hablaban de salvadas milagrosas. Otros se veían terriblemente fatigados, como si hubiesen arrastrado una pesada carga durante toda la vida. Los más jóvenes tenían una penosa expresión de adultos. Pero en cada rostro se advertía la obstinación de los que ya no tienen nada que perder. "Esto es lo que queda de los rebeldes de Limeria", pensé al verlos.
También había extranjeros, ataviados a la usanza de sus distintas patrias.
Caminé lentamente hacia donde se dirigía la multitud. La pradera, en zonas bastante grandes, se hallaba cubierta de flores silvestres de color amarillo. A intervalos irregulares se erguían unos árboles umbrosos, que desafiaban las alturas. No vi ni tampoco escuché a ningún pájaro.
Me detuve junto al arroyo, sobre el que flotaban unos nenúfares en flor. En la ribera se alineaban no menos de una decena de esculturas de piedra color naranja. Representaban a fuertes leones de alas membranosas. Marchaban con paso desafiante y la faz en alto, dispuestos a conquistar el cielo. Era admirable la belleza de las líneas, el detalle de los músculos, y la tensión expresada en los movimientos. Ninguno de aquellos limerianos había visto jamás un ejemplar de semejantes características, pero habían sobrevivido en la mitología local como un símbolo de voluntad inclaudicable.
-Hay que ser fuertes como ellos -dijo Germán al notar que yo fijaba mi vista en las esculturas.
-Fue aquí, ¿verdad? -pregunté.
-Así es -señaló el robusto líder de los limerianos. Su frente estaba surcada por arrugas que no eran producto de la vejez, y en sus ojos brillaba una luz acuosa-. Los niños estaban jugando, y de pronto, algo o alguien se los llevó sin dejarnos pista alguna. Todavía no puedo creerlo, y ya han pasado siete años. Desde entonces no hemos dejado de buscarlos. Y todos los años, en la fecha de la desaparición, nos reunimos aquí.
En el suelo vi una jaulita hecha con barrotes de mimbre. Adentro había un pájaro de plumas blancas. Germán alzó la jaula con su enorme mano y dijo:
-Él nos avisará.
Luego calló y miró al frente.
El cielo parecía una enorme bolsa de agua turbia a punto de romperse. Una sensación de ahogo me oprimía el pecho, y yo sentía que lo mismo les estaba ocurriendo a los demás. La expectativa era enorme. No sé cuánto tiempo estuvimos esperando. Cuando ya pensé que nada ocurriría, volví a escuchar la voz de Germán.
-Está por suceder -dijo señalándo el pájaro blanco que se removía inquieto en la jaula.
Sin prisa, pero con decisión, todas las madres se separaron del resto y avanzaron hacia la margen del arroyo. Había cerca de veinte mujeres que participaban del mismo ritual. Tenían los brazos pegados al cuerpo y miraban hacia arriba. En un gesto de respeto, aquellos que permanecían sentados se pararon.
Si mi larga experiencia de cronista no me hubiese preparado para enfrentarme a lo desconocido, difícilmente hubiese dado crédito a lo que estaba a punto de presenciar. Y aun así, no pude evitar que un sentimiento de lo maravilloso me envolviera como una capa de estrellas.
Las flores amarillas, que cubrían una gran extensión, se balancearon formando lentas olas, y liberaron un suave perfume. A una distancia de un disparo de flecha de donde me encontraba, apareció en el aire un viento azul. Se desenroscaba, dilataba y avanzaba hacia donde estaban las madres. Giraba brevemente en torno a ellas, se extendía unos metros más, y finalmente, tras descender y dejar una blanda marca en la superficie del agua, se esfumaba junto a las esculturas. No tardó en formarse un río aéreo de singular encanto. Las mujeres observaban la escena con ansiedad, mientras sus largos cabellos y sus vestidos blancos se agitaban en el viento.
Poco a poco, en aquel aire vaporoso, comenzó a evidenciarse la presencia de los niños desaparecidos. Se los podía ver asomando entre los bucles de la niebla.
Las madres miraban hacia arriba y extendían con delicadeza los brazos, para poder rozar las manos y los rostros de sus hijos. Pero las imágenes se les desintegraban entre los dedos y eran arrastradas por la corriente azul.
Traté de imaginarme cuánto sufrimiento debieron haber soportado esas mujeres y sentí un vacío en el estómago. Su dolor se me metía por los poros, y tuve que hacer un gran esfuerzo para conservar la entereza.
Ofelia, la hija de Germán, observaba todo sin pestañear. A su lado, muy junto a ella, estaba parado su hijo Daniel, que le llegaba hasta los hombros. Si aquello no era fácil para los adultos, mucho menos debía serlo para los niños presentes, que veían en el viento a sus hermanos y primos desaparecidos. Ofelia apretó los labios y aferró a Daniel contra su pecho.
Cuando el viento azul soplaba con más fuerza, el olor de la hierba se hacía más intenso. Las imágenes de los niños se dilataban y contraían, pero sin perder nunca la belleza. Era como la representación de una melodía interior.
A medida que transcurrían los minutos, la visión iba desdibujándose al igual que una acuarela bajo los efectos del agua.
Un hombre pequeño y delgado, de aspecto extranjero, que estaba parado junto a mí, me dijo:
-Es muy raro, ¿no le parece?
No estimé oportuno iniciar una conversación en ese momento, así que me limité a asentir con la cabeza.
Pero el hombre necesitaba expresarse, porque añadió:
-Algunos dicen que el Emperador los mandó secuestrar, para castigar a los padres por su insubordinación. Otros creen que un mago tiene sus almas atrapadas. Personalmente considero que el lugar actúa como una suerte de catalizador de los sentimientos de las madres: ellas simplemente ven lo que vinieron a ver. En lo que a mí respecta, esto es un cementerio para niños. Las madres vienen todos los años para encontrarse con sus hijos muertos.
-No le hagas caso -intervino Germán sin poder ocultar su molestia-. No es un cementerio, y los niños no están muertos.
El hombre miró al líder y se disculpó.
Mi amigo iba a agregar algo más, pero entonces, un anciano que tenía los ojos entornados, afirmó:
-Mi vista no es buena, pero yo sé que mi nieto está ahí.
Germán intentó una sonrisa y ambos volvimos a concentrarnos en las imágenes.
Los niños se veían ya con escasa claridad. Parecían deshilacharse ante la mirada desconsolada de las madres, que los miraban alejarse, como si contemplaran el río del Tiempo pasar frente a ellas y no pudiesen hacer nada por detenerlo.
Observé en derredor, y vi a los limerianos encerrados en el valle, casi estáticos, fascinados con aquella pintura estampada en el viento, soportando un dolor que ninguna persona debería soportar. Las madres permanecían fijas a la tierra como árboles, y no podían dejar de mirar el cielo.
Al cabo de un rato, como una música que ha llegado a su fin, lo que restaba de las imágenes se esfumó en el aire.
Todo había concluido.
La sensación de vacío fue inmensa.
Germán abrió la jaula y liberó al pájaro blanco, que se alejó en la fría mañana. Luego fue por su hija y su nieto. Los abrazó, y juntos comenzaron a abandonar el lugar. El resto de las personas también se marchaba, en la procesión más perturbadora que he visto en toda mi vida. En mi recuerdo es una gris visión de cientos de hombres, mujeres y niños caminando bajo una apretada masa de nubes negras. Uno podía sentir el olor de la lluvia que no tardaría en llegar, pero no cayó ni una sola gota. Les di una última mirada a los leones alados que flanqueaban el arroyo y empecé a alejarme.
Mis compatriotas, al referirse a los hijos del viento, hablaban de fantasmas que podían matar de miedo a quienes los veían. Ahora yo me daba cuenta de lo equivocados que estaban. Las escenas no eran aterradoras, sino muy tristes. Y no había ninguna razón para hacer huir a los observadores.
Dos días después, mientras aguardaba el barco que habría de regresarme a mi hogar, comprendí que, si la vida me había permitido asomarme a aquella tragedia, mi tarea no debía limitarse a escribir una crónica. Resolví postergar mi partida: ayudaría a los habitantes de Limeria a encontrar a sus hijos desaparecidos.


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