martes, 2 de septiembre de 2014

Todo deseo de jardín decide



Los jardines interiores
Todo deseo de jardín decide, Daniel Cristaldo, 112 páginas, Melón editora, Argentina, 2014.

Este poemario bien puede tomarse como un paso más en el viaje poético y espiritual que Daniel Cristaldo iniciara con Respiraciones (Editor María Zanochi, 1987) y siguiera con Las habitaciones despiertas (Estuario editora, 2008) y Consagrar la transparencia de la noche (Melón editora, 2011).
La poesía como vía de conocimiento, una refinada belleza y el empleo de una gramática metafísica (más o menos velada según el poema) continúan siendo los rasgos distintivos. Mientras en su anterior libro, la noche se revelaba como iluminadora, en éste, el poeta lograr "ver" a través de ojos de la noche: "Hablar de la noche/ Movilizar sus ojos/ Entrarlos..."
Frente al devenir de la existencia, el autor procura plantarse en su "centro", lo que le permite tener una comprensión del cosmos y al mismo tiempo mantener ordenado su microcosmos. Esta actitud se traduce en versos como "Hoy encontré mi propio cuerpo", "La casa se cierra sobre mí/ yo me cierro sobre la casa". A partir de allí, es posible comprender que lo que está afuera está adentro: "El tiempo es el movimiento de una flor/ que ocurre dentro y fuera/ de la piel..." o, con una expresión más explícita: " Lo/ de/ arriba/ entra/ en/ lo de abajo".
La comprensión de la unidad en la diversidad conduce a la consideración permanente de las alternativas vitales, a las antítesis, a los paralelismos antitéticos o a la superación de las contradicciones. Las expresiones siguientes son clara muestra de ello: "Las manos como extremos de finales y comienzos"; "Vivientes o muertas, las manos/ viajarán al origen del aire"; "Cada mar tiene su cabeza perdida o encontrada/ como una cítara en el amor u odio"; "Si sostengo la luz, la oscuridad/ vendrá como balcones, conejos, serpientes./ Si sostengo la oscuridad la luz será/ sutilezas de orillas y habrá una luz de luna/ con esquinas interminables/ de huertas de principio y el final", etc.
También, en este ejercicio, podemos desembocar en un oxímoron como: "Dos aves hay en esta jaula de libertad...".  El oxímoron es precisamente un recurso característico de la poesía mística, porque logra ir más allá de la lógica humana y adentrarse en lo divino. El propio Borges recordaba que en esta figura "se aplica a una palabra un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro".
Se puede apreciar que, más allá de la técnica impecable, el estilo de Daniel Cristaldo está determinado por los conceptos filosóficos o metafísicos que subyacen en su poética. Por ejemplo, los encabalgamientos expresan el fluir de la vida, la repetición de palabras como en "Vida dice muerte en la división/ Muerte dice vida en la división" proporcionan el ritmo a un verso determinado, y las imágenes encadenadas dan cuenta de las relaciones de interdependencia que existen entre la naturaleza y los seres que habitan el universo.

En el centro la palabra
                                                                        
El dualismo es superado desde un "centro" que permite la asimilación del Todo.
El niño, que desde lo simbólico puede considerarse un "centro místico", aparece en "...cuando la lluvia es un niño soñando mundos", por ejemplo. También, en la poesía de Cristaldo es muy recurrente la presencia de "niñas". La mujer logra a través del amor tender un puente hacia el conocimiento de los mundos invisibles, de los jardines sin tiempo; y la niña es la mujer en su estado de inocencia, lo que equivale a pensar en un conocimiento sensible, no contaminado. "Palabra: voy a llevarte como niñas/ del Amanecer"; "Es el deseo la montaña exacta como dos niñas jugando"; la  luz es "desnudez de niña entre islas". Ya en su poemario Las habitaciones despiertas, la niña era asociada a la iluminación: "Tus silencios son como niñas recién despiertas/ como lámparas en el fondo/ del mar de la habitación". El niño y la niña representan al hombre despojado no solo de maldad sino también de tiempo.
El poeta es como ese niño que sueña un mundo y que experimenta la vida como un descubrimiento: "Mirar/ recién/ mirado".
La vida del poeta es inseparable de su obra, y es lo que le permite tener un centro y existir. "La vida (o mi vida) es solamente el reino/ de las palabras vestidas  desnudamente para el mar". Desde ese centro, el tiempo se detiene ante el arte, como lo ejemplifican estas imágenes: "El abandono del tiempo/ sobre los campos como hojarasca/ marca la puesta del sol en sus estanques/ y extiende el Arte/ que son los dos labios en el silencio del ruido".

Regreso de la oscuridad

La conquista del jardín interior no se logra con una actitud pasiva, porque "todo deseo de jardín es una decisión". Tampoco es tarea fácil. "Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad", decía Carl Jung. En el exquisito poema que cierra el libro, el yo poético logra salir de la oscuridad gracias a la poesía.
"He visto los terribles candados de oscuridad/ hacia los caminos de oscuridad y he visto los/ candados de sombra-luz hacia los caminos de luz/al tiempo que las aves entraban/ en la expectación de los ríos que abren multitud/ de ojos hacia nuestros ojos". Añade después: "Y sólo he encontrado el pulso nuevamente/ en las palabras que nacen como corazones de océanos/ que nos hablan y llegan hasta los peces de los pies". Así, el ejercicio de la voluntad y el poder primigenio de la palabra (porque "en el principio fue el verbo") permite el renacimiento. Todo deseo de jardín decide es, además de una nueva muestra del talento de su autor, una búsqueda infatigable y decidida de la verdad y la luz.

                                                                                                        Pablo Dobrinin
(publicado en La diaria el 6/8/2014)


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