martes, 15 de enero de 2013

Nueva reseña en La Diaria



Consagrar la transparencia de la noche, Daniel Cristaldo, 80 páginas, Melón Editora, Argentina, 2011, reeditado en 2012.

Daniel Cristaldo Moratorio (Montevideo, 1960) se dio a conocer como poeta en 1987 con Respiraciones (Mario Zanochi editor), libro que fue presentado por Marossa Di Giorgio. En el 2008 regresó con Las Habitaciones Despiertas (Estuario editora), un poemario que tiene ese tipo de versos que parecen destinados a permanecer en la memoria, como aquellos que dicen: “Tus silencios son como niñas recién despiertas/como lámparas en el fondo/ del mar de la habitación./ Como formas perfectas de aire y de tiempo/alrededor mío y de la noche”.  O bien aquel otro que sugería que debemos “Esperar el día como un arpa de instintos marinos”. Y naturalmente están los que se refieren a los espacios interiores: “Habitaciones de respiraciones/sobre piel, sangre y pasos./ Habitaciones donde se espera ser”. En la contratapa del libro, Jorge Medina Vidal profetiza que, a pesar de que nos movemos en un medio que muchas veces silencia a los poetas, Cristaldo será, por méritos propios, “parte integrante de los grandes Reconocidos”.
Precisamente, a raíz de ese poemario de una calidad muy poco frecuente, la editorial argentina Melón, que desde su nacimiento en junio del 2011 viene centrando el grueso de su catálogo en la poesía (aunque también publica narrativa y tiene la intención de apuntar a otros géneros como el ensayo y el drama), le propone a Cristaldo la confección de un libro que finalmente se llamaría Consagrar la transparencia de la noche. El libro se agotó en poco tiempo y fue reeditado en el 2012.

Cristaldo pertenece a ese tipo de poetas que vive la poesía de un modo esencial. Hay una correspondencia entre el “yo lírico” y el autor. Lejos de ser un mero artificio, la poesía, en la que la intuición primaria es recogida en las redes del pensamiento, se transforma en una vía de conocimiento.
Considerado los tres poemarios en perspectiva, podríamos decir que “Respiraciones” implica una suerte de primer autorreconocimiento. En “Las habitaciones despiertas”, más aéreo y sutil, la voluntad de recorrer las capas del ser se hace explícita desde la primera página: “Y Dios pase./Y la serpiente sea agua./Y otros hombres caminen/la oscuridad o la luz./Y haya risas y lloren./Y la arena ría del dinero./Y nos quedemos solos/hasta no quedarnos solos”. Consagrar la transparencia de la noche es una profundización de ese viaje.

La ambigüedad del símbolo vela y revela la realidad, y la noche, en la que todo parece ocultarse, también es útil para “ver”. La noche es asociada a la intimidad, al recogimiento, a un estado en el cual, a la vez que el mundo cotidiano se sumerge en las sombras, se favorece la visión espiritual. A diferencia de San Juan de la Cruz o de Novalis, la noche no es algo que haya que recorrer o trascender  para llegar a la iluminación, sino que ya de por sí supone un estado de gracia. “Noche son ojos para ver y sentir/no la apariencia sino la iluminación”.  En ese estado propicio, el poeta, que es consciente de las limitaciones humanas y sabe que no podemos referirnos a un plano superior más que de un modo indirecto, recurre a imágenes, que muchas veces, por su audacia, no pueden ser traducidas de un modo mecánico, y nos obligan a preguntarnos no ya “qué significan”, sino “qué nos sugieren”.
“El silencio entra en escaleras al cuerpo”, dice el poeta, dando precisamente cuenta del valor que puede llegar a cobrar en la ascensión, y en otro verso expresa “El silencio es siempre mujer que voy a conocer o ya conocida”. La noche se asocia con el principio femenino, y la posibilidad de conocer nos recuerda que la noche simboliza el inconsciente; de modo que hay una correspondencia entre la noche y el silencio que se favorecen mutuamente. En ese clima instalado, puede aparecer la música, que recupera su primigenio poder de servir de puente entre las dimensiones. El valor esotérico de la música viene no solamente de las ceremonias rituales que intentaban comunicarse con la divinidad, sino también de un místico como Pitágoras que, partiendo de las matemáticas, llegó a poner los cimientos de una teoría de “la música de las esferas”.  Cristaldo ve a la música como un instrumento cuando, en un poema sobre el arte poética, que habla del “poema y su proa viajante”, dice: “Proa hermosa de leche miel viajante/Ese día en que los infiernos no existen./ Un reflejo (no sin oscuridad)/de una música enfrentada /al pincel invisible de árbol enlentecido y su cadáver”.  En otros versos expresa: “…el Paraíso es sólo plumaje musical ascendido”, o bien, “…yo les hablo de la música que extrae la púa del cielo/no más alta que su pan.”  La musicalidad aparece también en el terreno estilístico al introducir en el verso libre algunas rimas interiores o una aliteración del tipo: “Porque el sueño es así:/ Abismo sibilino silabar/pasto musical”. Tal parece a este respecto, que por momentos el autor sintiera que la verdad de la poesía se le revela en las asociaciones fonéticas.

Otra vía de conocimiento, además de la música y el sueño, es la matemática en su expresión visible, la geometría: “Sólo especias de triángulos y esferas y cosas así/darán voluntad a los hombros/e intensamente entrar en levedad…”.  “Triángulo, esfera/las horas siguen deshoras/como las cejas esfigies y sombras”. El triángulo y la esfera son claramente símbolos de la divinidad, que en la poesía de este autor la anuncian o prefiguran. El triángulo sugiere la trinidad;  y la esfera, como lo estudió Borges en aquel celebrado ensayo “La esfera de Pascal”, es una metáfora de larga tradición que remite a Dios.

El sexo y el amor son otras vías de trascendencia. “¿Qué es la piel tocada?”, se pregunta, “¿Vino que derrama bendiciones?”. Hay versos muy ilustrativos:  “El día sin amor esférico cansa./Es sólo una cornisa de números/ sin números”;  “Siempre aparición y presencia en los ojos de tu sexo”;  “hacia el reunir de un cuerpo desnudo/cuya excitación concede intuiciones”; etc.
Es claro a esta altura que la palabra es un vehículo para la iluminación: “…nos conoceremos/ en lo indefinidamente desconocido de las palabras”; “...desanido palabra acústicamente/cosedora de sangre…”. En unos inspirados versos que remiten a la unidad del Todo, palabra y espíritu se identifican: “Sujetar el cielo sujeto coral del cuerpo es escritura/del espíritu que creemos incluye nuestro descanso./Así cada palabra levanta a la palabra/para la mirada del surco (que es recorrido mástil).”
El libro se cierra con un pequeño poema que de algún modo sintetiza lo efímero del ser y la búsqueda de lo infinito.
“Una mariposa/ dentro de un pozo vuela./ Sus llamas desnudan, se revelan y desvelan./ Sus movimientos de pentagrama/ impulsado relámpago/ tiene la profundidad del cielo/que me ha tocado mirar”.
El primero libro de Daniel Cristaldo está agotado, pero Las habitaciones despiertas y Consagrar la transparencia de la noche, son dos excelentes obras para adentrarnos en una poesía honesta que busca la luz y transita la belleza.

                                                                   Pablo Dobrinin
                         (publicado en La Diaria en enero del 2013).







No hay comentarios:

Publicar un comentario